miércoles, 2 de agosto de 2017

LIVE

Nunca sabes dónde nace una amistad, un amor, en qué punto surge un contacto, una conexión. Seguramente podrías negarte a ello, discurrir siempre de espaldas a los demás, pero la vida sería otra cosa. Hay una preocupación genuina en las personas por el prójimo. También la hay hacia el egoísmo, hacia la avaricia. Vivimos en esa eterna ambivalencia. Y a veces gracias a ella surgen momentos. Vivimos.



LIVE

Fue al salir de la sala de fiestas. Anduve tres o cuatro pasos y en la puerta cerrada de otro local, sentada sobre una caja de cervezas y con una guitarra apoyada en el suelo y sus rodillas, estaba ella.

Estaba liando un cigarro, con manos nerviosas o frías, y aunque mal hecho terminó llevándoselo a la boca y encendiéndolo. Llevaba unos mitones negros cubriendo la mitad de los dedos, imagino que en parte para aliviar el frío nocturno, y tras dos caladas encajó el cigarro entre los anclajes superiores del mástil y comenzó a tocar. 
Me encanta la música. Y ver tocar en la calle es como si de repente esas notas diesen otro color y calor a la misma. Lo extraño era que lo que estaba sucediendo acabase de empezar, y que fuesen las dos de la mañana.

Tengo un defecto innato, un desgraciado gusto por saber de los otros, no cotillear, no. Lo que me llama realmente la atención son los porqués de determinadas cosas. Y busco respuestas. Así que esperé a que terminase la primera canción, mientras algunas personas pasaban pero nadie paraba más que unos segundos. Ella levantó la vista un par de veces, y la segunda vez me pareció que ponía cara de pocos amigos, pero no me arredré. Y nada más terminar la canción, la pregunté sobre el primer porqué.
  • Hola, ¿empiezas ahora, a estas horas? 

Ella volvió a mirarme de reojo mientras chupaba el cigarro. Fue un encuentro visual muy fugaz, pero me dio tiempo a observar una cicatriz en su cara, en un lado de la frente.

  • ¿ A ti qué te importa? 

La miré de hito en hito, un segundo, dos, mientras ella, ahora sí, aguantaba mi mirada y me amilanaba. No esperaba esa respuesta, así que me quedé callado, de pie justo frente a ella. Terminó su cigarro y comenzó otra canción, y no lo he dicho antes, pero tanto la primera como esta segunda eran en inglés. No tenía una gran voz pero rompía en los graves, como esos cantantes que se han pasado de alcohol y noches.

Al terminar la canción, volví a la carga.

  • ¿Tocas alguna en español? 

  • NO. Y vete ya tío, que me asustas a la gente.

Fue un golpe bajo, pero seguramente merecido. La estaba importunando, y de repente me di claramente cuenta de ello. Ajusté la cremallera de mi abrigo y anduve unos pasos para marcharme a casa.

  • Mi padre es músico, -exclamé- era por eso.

Y continúe andando hasta el hotel cercano, sin mirar atrás. 

Un rato más tarde, ya tumbado en la cama persiguiendo sueños, imaginé algunos de los porqués de aquella música, obviamente elucubraciones sinsentido, y volví a recordarme que ese defecto, ese querer saber,normalmente me traía problemas.

Dos días más tarde, el último en el hotel, salimos a dar un paseo por el centro, y al volver, en otra calle, ella estaba tocando, mitones a media mano, melodías del underground inglés y el sempiterno cigarrillo. 

Juro que no me acerqué, tan solo caminaba por la calle y la música me atrajo como al ratón le atrajo Hamelin. Ya me había prometido no volver a preguntarla cuando ella, al terminar la canción, me miró interpelándome,

  • Oye, que siento lo del otro día.

La pedí finalmente una canción. Luego otra y luego ella cantó una canción en español. 

Antes de marcharme, la pregunté si estaba bien, si se encontraba bien. 

  • No, estoy muy mal

  • Lo siento. Mucho ánimo entonces, ¿vale? 

Y tal y como me había prometido, tal y como había trabajado los días anteriores, la di la espalda y comencé a andar hacia el hotel. Sin hacer ni una pregunta más.

Tres pasos antes de llegar a la entrada, una mano con mitones me agarra del hombro, me doy la vuelta, ella lleva la guitarra enfundada colgada a la espalda, tiene esa mirada que tiene la gente que ha sufrido en su vida.

  • ¿ Te importa quedarte hasta que termine de tocar? 

Y no me importó. Y así, hasta hoy. 



miércoles, 5 de julio de 2017

New Life

Hace mil años un garito en Madrid se apropió de un nombre de leyenda: New Life. Era la época de los after, de la ruptura definitiva con lo anterior. Era transgredir en superlativo. Seguramente la protagonista de esta historia no aspira a tanto, casi seguro que espera pasar desapercibida. Pero al escribirla, sentimos que ella entra en su propia New Life. Y creo que la gusta.


A NewLife

Algunas personas se adueñan de sus vidas desde el minuto uno. Son decididas, no necesitan de otros para funcionar, eligen su camino.

Otros no lo hacen nunca, van a remolque con la esperanza vana de que algo golpeé fuerte la estructura y un giro los favorezca, los haga coger la ola, estar a favor de viento.

Y hay otros que fueron en busca de un sueño, que estuvieron dispuestos a sublimarse con tal de lograrlo o mantenerlo sin pensar que en el momento justo de hacerlo lo están perdiendo.

Fíjate, yo creo que para todos hay un momento en el que es posible que sean felices. Como ella. Que está, años después, de Estreno.

NEW LIFE.

En las bodas buenas no sirven sangria. Ni limonada. Son bodas de cocktail premium con fruta, hierbas y hielos de colorindangos. No hay vasos normales, de chato de vino, de tasca de licores potentes. Ni siquiera ponen gaseosa para hacer un tinto de verano, algo refrescante para apagar la sed que tengo tras, eso sí, un exquisito jamón y foie que han puesto en el ágape de entrada, mientras esperamos a los novios.

Es la primera vez que asistimos todos a una boda, todos menos tú. Y esto es tan solo reflexión, no es melancolía. No me quedó nada, no me dejaste nada cuando hace dos meses te encontré, frío en la cama por la mañana, víctima según dijo el médico de un infarto repentino. Repentino sí, pero no por ello no esperado, tras una vida de coñacs rancios y de Farias perpetuándose en tu boca. Repentino, sí, pero esperable tras las noches de farra y excesos, tras las mil y una comilonas y el poco dormir. Te fuiste y no me quedó nada, no me dejaste nada, salvo una íntima sensación de alivio que no puedo compartir con el resto, pero que está dentro de mí como lo está la vida dentro de una semilla que no sabes cuándo germinará, pero que terminará haciéndolo.

En el pueblo he tenido que mantener un decoro, un disimulo por el qué dirán, ya ves tú, los cuatro como tú que quedan allí, jugando desde siempre a joderse la vida los unos a los otros desde tiempo inmemorial. Les importó un bledo tu pérdida, después de tanto abrazo y tanta juerga. Pero en casa en Madrid no. Aquí al día siguiente abrí todas las ventanas y por ellas se marchó también la rabia contenida, el trabajo sordo de sacar adelante una casa, una familia sin una figura paterna, siempre borrosa entre el trabajo como guardia urbano y las noches de amigos y fulanas.

No voy a dejar que estas letras, las primeras que escribo desde que dejé de escribir al casarme, se empañen o se llenen de reproches. Supe casi desde el principio que la vida a tu lado sería un sinsentido, así que soy tan culpable como lo fuiste tú. No cogí  un día la puerta, no me impuse en ninguna de nuestras discusiones, dejé que todo lo que asomaba se hiciese cruel certeza, así que no, no pienso decir nada más de mi pasado brumoso.

Sentada tras los postres, observo a la juventud bailar y cantar, a los novios saludar a unos y a otros, respiro esa vitalidad, esa alegría de los enlaces en los que los que se unen lo hacen por amor. Y creo que ha llegado el momento de pedir una copa en la barra, ahora que además mis hijos han desaparecido, convencidos de que estaré aburrida sentada hasta que ellos decidan que nos marchamos.

Camino hacia mi copa contenta de no haber abandonado en estos años la natación y el jogging, feliz por conservar unas torneadas piernas que soportan sin problemas mis relucientes zapatos de taconazo negros.

El camarero, joven, con el mismo corte de pelo que mi hijo pequeño, me sonríe al solicitar un Dry Martini y a mí me encanta su sonrisa, y la libertad alada que los primeros sorbos proporcionan a mi recién estrenada viudedad.

Al entregármela, con socarronería, me ha dicho que un cocktail de ese tipo bien merece un brindis, y ahora que se aleja a atender a otros invitados, levanto mi copa, y brindo.

Por mi. Por estar de estreno- me digo, con convencimiento.

Y no hay más. No hay un apuesto y bronceado señor que viene a cortejarme, ni me hace falta. Y no hay más piropos que los que me escucho decirme, y no me importa porque éstos que me digo son los que necesito, los justitos.

Termino mi Dry Martini y me levanto, y me sorprendo a mí misma determinando que la noche para mi ya ha terminado, siendo yo la única responsable de la decisión de marcharme, sin tener la necesidad de esperar que llegues medio borracho a pedirme que nos quedemos un rato más. Ya no. Ya no estás.

Y yo, yo estoy de estreno. Sola. Y conmigo.


miércoles, 21 de junio de 2017

FRUSTRADO

Si respondemos a todo con el ojo por ojo, posiblemente lo único que finalmente consigamos es frustrarnos. Y podías incluso haber llevado la razón, pero la has perdido. La teoría la conocemos todos, queremos respetarla todos pero luego, en la calle, un día, algo se tuerce y...vuelves a salir perdiendo.


FRUSTRADO


Todo está en calma. He esperado hasta tarde para ponerme en marcha, me he asomado de nuevo por la terraza y me he cerciorado de que no hay nadie enfrente, en el descampado.

Me he puesto ropa oscura para bajar a la calle, y en la acera observo a un lado y al otro y cruzo sigiloso la calle y me cuelo en el solar a traves de una valla agujereada. Camino con paso decidido a pesar de la oscuridad de esta asfixiante noche sin luna, rodeo una pequeña protección de madera que rodea al huerto y me agacho un poco junto al depósito de agua que provee a las hileras de plantas. Después de tantos días observando el trabajo del hombre, no me extraña encontrar un trabajo primoroso, ordenado, lustroso. 

Tengo que reconocer que dudo unos segundos antes de comenzar a cortar los briosos tallos abrazados a las espalderas, esos que ya andan llenos de tomates que reverberan en su piel la luz de una luna en menguante. Con una pequeña azada revuelvo en las matas de los calabacines, arraso las de los pimientos. Pincho el depósito de plástico que he visto acarrear muchos días desde la gasolinera contigua con gran esfuerzo por parte del agricultor jubilado. Me siento, en parte fatigado a partes iguales por el esfuerzo y por el temor a ser descubierto. En pocos minutos he terminado con el esfuerzo de unos meses. Y pensaba que me sentiría bien, justificada mi acción por lo ocurrido el día anterior, pero no. El mal ya está hecho, y desde el segundo uno siento un amargor que no sé si tendrá fecha de caducidad o me acompañará martirizándome. 

De nuevo en marcha, amparado tras los arbustos, alcanzo primero la calle y después mi casa. Apesadumbrado, sin comentar nada con nadie, me desvisto, me doy una ducha que busca una purificación que no consigo y acto seguido me acuesto, y lógicamente voy enganchando un sueño feo con otro, intercalando vigilias a ratos que se hacen eternos antes de ver de nuevo luz entrando por las rendijas de la persiana.

El día anterior, como otros en los meses previos, había conseguido establecer un ritual a la caída de la tarde. Con la primavera en apogeo, ver atardecer se había convertido en una pasión, un placer privado. Me sorprende la vida porque en un tramo no predecible te regala de repente una rutina agradable, una sorpresa en forma de agradable presente. 

Regaba mis cuatro plantas, y me sorprendía al ver un retoño creciendo de repente en una maceta olvidada. Miraba al techo y de sopetón descubría un nuevo avispero en el mismo sitio donde el año pasado ya quité con mucho cuidado uno. El cielo mientras tanto pasaba de azul a amarillo, naranja, rojo, morado... y al fondo se recortaban unos montes que no sabía localizar en mi mapa mental. Era, en definitiva, un pequeño oasis mental, media hora en la que disfrutar sólo de la observación del medio que a veces no hago en el día a día. Y aún faltaba lo mejor, ver trabajar a aquel hombre en su huerto y la aparición, fieles a su cita con la caída del sol, del grupo de conejos que daba vida al descampado. 

El hombre llegó meses atrás con una silla a cuestas. La valla del descampado estaba rota, el solar había sido en su día un desguace a las afueras de la ciudad, y al cerrarlo la zona pasó al olvido. Tras un par de días dando vueltas por allí, un día el hombre trajo aperos, unas maderas y un bidón voluminoso, azul. Quince días después, ante mi asombro de hombre cero bricolaje, donde había un terreno yermo había unas líneas de tierra húmeda, sembrada de hortalizas, hierbas aromáticas y otras verduras. Y el hombre y su huerto pasaron automáticamente a formar parte de mi placentera rutina diaria: mis atardeceres, el brote en mi maceta, su huerto y el milagro de esa familia de conejos creciendo casi en mitad de la ciudad. Hasta ayer.

Ayer por la tarde el hombre se demoró más de la cuenta en las tareas, y al marchar era casi anochecida. No salió por la valla más pegada al huerto, sino que se encaminó al agujero cercano a la madriguera de los conejos. Al pasar por allí, discretamente, se agachó y depositó algo en el suelo. Fue muy rápido, y al principio yo pensé que se estaba atando los zapatos, pero no.

Al día siguiente, antes de marcharme, recién amanecido, me asomé un segundo para ver mi descampado, para decirle hasta la noche. Y entonces los vi. Todos los conejos. En la entrada de la madriguera como otros días, pero con un matiz. Estaban inmóviles, estaban hinchados, sin rastro alguno de violencia. Y entonces mi pensamiento retrocedió al día anterior, a ese gesto de agacharse del hombre al pasar cerca del agujero. Los había envenenado. Los había quitado de en medio. Molestaban y, como otras cosas que nos molestan a los humanos, había optado por resolver su problema eliminándolo de raíz.

No sé porqué pasó, pero de repente sentí como si ese gesto violase mi paz, como si ese envenenamiento reflejase la lucha pueril y estéril que la naturaleza mantiene con el hombre, por un lado su nobleza y por el nuestro nuestra ambición, nuestro egoísmo primitivo, nuestro poco respeto por dejar recursos al que venga mañana. Le molestaba que los conejos mordisqueasen su huerto ilegal, y se los cargó. Así fue.  Y así me rebelé contra ello.

Y tras hacerlo, tras la destrucción, me sentí tan pueril y tan frágil como la propia naturaleza, como alguien incapaz de encontrar justificación a lo que hizo.

Dejé de mirar esos atardeceres. Nunca supe si salieron los tomates del huerto. Llevé mi maceta a la otra ventana, la que no daba al descampado. Y pese a todo eso, seguí creyendo que en otro momento la vida me regalaría otra forma de íntimo disfrute, de momento para mí. Y ese momento llegó. Pero ya forma parte de otro relato. 


viernes, 20 de enero de 2017

EL SAXO DE EVA

Es difícil no volver a escribir sobre cosas cotidianas, o sobre aspectos que te llaman la atención, no puedes evitar esa recurrencia. Y no puedes porque en tu cotidianidad, el dolor habita, está en tí o en los que te rodean, crece como la mala hierba. Y en ese contexto, siempre me parece admirable que existan personas que piensen por tí, que quieran entenderte. Siento mucho este caminar en círculos que diría mi admirado Quique Gonzalez. Pero la vida, a veces, tiene etapas en las que ves caminar en círculos o en las que tú estás metido en esa noria diabólica.




EL SAXO DE EVA

No soy el tipo de las grandes ideas, ese hombre brillante que saca un conejo de su chistera, no soy siquiera un creativo, no ganaría un concurso de simpatía y no creo que sepa acompañar a nadie en ningún periplo o lapso de tiempo superior al que pudiese suponer una convivencia continuada. Por eso, por todo eso y por mucho más, estaba desesperado.

Vivo en el cuarto piso de un gran edificio, en una casita pequeña pero con ventanas grandes desde la que diviso miles de coches pasando miles de días por la misma carretera. Es grande el ruido pero me abstraigo, me abstraía más bien, hasta que Eva se quedó sola.

Eva es mi vecina de arriba, de justo encima. Vive, vivía con su pareja hasta que un día dejó de vivir con él, y simplemente vive sola. A partir de ese día, mi tranquilidad se rompió, mi capacidad para abstraerme del ruido de los coches, de los claxon, de los estertores de los camiones de la basura, no era la misma que para evadirme al escuchar un llanto humano. Porque Eva lloraba. Eva chorreaba algunas noches, nadaba en su llanto, se dejaba desbordar, maldecía su soledad, se levantaba y volvía a caer... Y debajo, justo debajo, estaba yo.

No habíamos hablado apenas en estos años de vecindad pero existía ese feeling, esa conexión sincera, franca, ese reconocer en el otro las manías de uno, el brillo inteligente, las maneras llanas, la presencia discreta. Así que la mañana de la primera noche de lagrimas la abordé en el ascensor y simplemente me puse a su disposición. Tardó dos noches en bajar, y cuando abrí y la vi en el rellano, ella sólo me dijo que la gente no sabía nada de ella, que sólo esperaba cosas de ella que ella no era, y que si podía llorar un rato en compañía.  

A partir de ahí, de cada dos noches una lloraba a mi lado, ya fuese en el cuarto o en el quinto, pero al poco lloraba algo menos, y comenzó a escuchar algo de música, y compartimos listas de canciones, y a veces las canciones nos hacían hasta reír, y otras nos ponían melancólicos, y a veces ella no lloraba sola, y yo la acompañaba por aquellos pudo ser y no fue que todos tenemos. 

Me dio la sensación de que la situación mejoraba, se espaciaron algo las visitas pero, de repente, una noche, los llantos volvieron, acompañados de canciones tristes. Subí a verla con la intención de abroncarla por estar pensando de nuevo en él, en ellos, pero me pidió silencio y comprensión, y yo lo entendí, pero desde ese momento me dispuse a imaginar cómo lograr una situación mejor para ella. Y después de varios días en casa sin encontrar soluciones, un viernes, al bajar a la calle, cometí una locura, buscando una solución. 

En la tienda de música del local de al lado vendían instrumentos musicales, y entré guiado por una especie de visión. Si a Eva le gustaba tanto la música, ¿por qué no un entretenimiento para sus noches? 

La dependienta, una mujer experimentada, me dijo tras explicarle un poco mi deseo: llévala un saxo a tu amiga, es lo más acorde a su situación. 

¿ Un saxo? ¿Por qué? ¿ No es muy triste? 

Si, y no. El saxo esconde la melancolía de un blues, pero también es indispensable para un buen jazz. No tienes nada que perder. 

Fue una conversación corta, yo estaba desesperado y no soy un tipo de grandes ideas. Compré el saxo y subí a casa de Eva, directamente.

Al abrir la puerta, Eva me sonrió extrañada. Y yo la expliqué. Le conté la verdad. Que esperaba que la música la redimiese, la retornase, la permitiese dejar de romperse cada anochecer. Tenía diez clases pagadas. Y sorprendentemente, Eva aceptó, Eva también se aferró al saxo como salida del túnel.

Cuando solo llevábamos diez días y tres clases, estuve a punto de lanzarme al vacío desde la ventana. Arriba, noche tras noche, Eva mejoraba su técnica con canciones tristes y perras que arrancaba a su instrumento, y yo me pregunté cientos de veces quién me había mandado a mí hacer de redentor.

Fueron meses de duros blues, de baladas negras y sombras y lágrimas, tantos que no pude por más que abstraerme como me abstraía del tráfico abajo, en la carretera.
Hasta que un día, como parte de un milagro, como el final de una metamorfosis, por la ventana abierta me llegó el ritmo acelerado y jubiloso de un jazz sureño, la catarsis de una Nueva Orleans negra y jubilosa cantando, tocando y bailando en la calle sin motivo aparente alguno. 


Y entonces pensé que sí. Que el saxo de Eva tenía magia. Y que las lágrimas se habían secado al fin. 

jueves, 25 de agosto de 2016

CHIN HWA Y YOUNG MI


Esta es la historia de amor más bella que nunca jamás haya escrito. Está en mi cabeza desde hace unos años, se forjó tras un zarpazo de belleza que se produjo en mi corazón una tarde de verano, así, sin comerlo ni beberlo. Desde entonces he buscado dentro de mi cómo darla forma, cómo escribirla, con qué personajes. Y el otro día escuchando las noticias la historia de repente encajó. Quedaba sólo aprestarla, juntar las letras y esperar que el resultado sea para vosotros el mismo que plo ha sido para mí. Cuando leo Chin Hwa y Young Mi, pienso que es la historia más bella que nunca jamás haya escrito.


                                 
Me llamo Chin Hwa y tengo hoy 20 de febrero de 2009 setenta y seis años de edad. Para los que no sepan coreano, Chin Hwa es un nombre precioso y puedo sentirme afortunado porque me llamaran así en su día. El deseo de mis padres era que yo creciese sano y saludable, el más sano de la camada, eso es lo que mi nombre significa y a fe de mi edad y mi estado físico y mental actual su deseo se convirtió en una realidad.

No voy a decir que soy joven, o que aparente mucha menos edad, pero confieso que he vivido, intenso y trabajado, y que pese a llevar dentro de mí un profundo dolor durante más de cincuenta años, no me he quebrado. Esa pena oscura no ha podido vencerme por un segundo. Y el motivo de esta mi victoria frente a mi tristeza puede apreciarse a simple vista si me observas por un momento, ahora o en cualquier álbum de fotos que pudieras repasar para saber más de mí. En mi mano izquierda aferro un cuaderno pequeño, de tapas verdes, gastadas. Mi bucket list.

Posiblemente algunos de ustedes tengan uno, incluso algunos lo tengan sin saberlo. Un bucket list es un pequeño cuaderno de propósitos, una lista de cosas pendientes, deseos, luchas, etc. En el fondo es un poco un resorte, algo que nos empuja, una motivación adicional. Para mí es algo más. Y además, no es sólo mío, pese a que en sus renglones apretados sólo yo haya escrito durante años. Mi bucket list es mío y es de Young Mi.

Young Mi es coreana, bueno quizá era coreana y hoy por hoy ya no exista, es algo que no puedo saber. No sé si seguirá viva, no he tenido en ningún momento oportunidad de saberlo desde que nos separamos. Young Mi es también un nombre precioso que significa eternidad y belleza. Antes les dije que creo que hice honor a mi nombre. Young Mi mucho más.

Al nacer todas las personas que asistían al parto en el modesto hospital comarcal se quedaron calladas. Era un bebé inusual, de una belleza tan pura, tan evidente, que el nombre vino solo, casi por aclamación.

Su crecer corrió paralelo al mío, y en la pequeña escuela éramos los dos alumnos más capaces, más brillantes. Ella me decía siempre que estábamos unidos desde el primer segundo, como en las historias del teatro de los domingos. Dos almas libres, vagando juntas desde inicio, convirtiendo la camaradería en un amor sincero y abochornante por lo notorio desde su comienzo.

Las clases acababan pronto por falta de recursos, el verano se alargaba, y Young Mi y yo hacíamos lo que más nos gustaba: explorar, descubrir juntos cada recodo de nuestro entorno. No había camino, arroyo, ladera o senda que no anduviésemos, y ella siempre me repetía que en el futuro iríamos más lejos, a viajar y recorrer toda Corea, y Asia, y el resto del mundo. Nos hacíamos con libros y atlas de otros países y jugábamos junto al manantial de las afueras del pueblo a ser turistas visitando remotos parajes.

Cada tarde tras el colegio pasábamos por nuestras casas y corríamos después a esas piedras, e imaginábamos cómo sería Seúl, o Shanghái, e incluso Tokio. Todo lo que podíamos lo hacíamos juntos, rara vez estábamos uno sin el otro, salvo ese momento después de clase y el de irse a dormir.

Y en una de esas tardes todo lo que no podía cambiar, todo lo que estaba hecho para perdurar, se desbarató en unos minutos. Yo había llegado a la atalaya del manantial y desde allí observaba el camino hasta el pueblo. De repente unos soldados irrumpieron entre las casas, disparando y chillando. Bajé corriendo la mitad de la cuesta pero desde ese punto vi cómo se llevaban detenidos a mis familiares, a los suyos, y a Young Mi. Uno de mis hermanos mayores subía corriendo por la cuesta, me agarró impidiéndome seguir bajando y me instó a correr sin mirar atrás. Anduvimos horas como proscritos hasta que se hizo la noche. Y al amanecer, Young Mi despertó en Corea del Norte y mi hermano y yo tras la vanguardia surcoreana. Podría disfrazarte las consecuencias de este hecho, de un momento así, pero no lo haré. En aquel amanecer mi corazón se paró, perdió su luz. Pasó de tener una función dual a tener tan solo la función de bombearme sangre a diario en cantidad suficiente como para llevar una vida así, sin Young Mi.

Durante los primeros cinco años tras ese amanecer permanecí siempre cerca de las fronteras, incluso pude regresar a la recuperada aldea, o al lugar en la que ésta se encontraba. No había nadie. Antes de replegarse los norcoreanos se llevaron prisioneros a los habitantes de las zonas conquistadas. Nadie pudo darme en esos años ni una sola pista sobre su paradero, aunque casi todos a mi alrededor me trataban con esa condescendencia de al que le saben perdido, desolado y negando una pérdida evidente para ellos.

Y yo podría haber dejado que Young Mi muriese en mí. O que quedase guardada, reservada en algún compartimento que pacientemente tallase en una oquedad de mi corazón. Debería haberlo hecho, haber levantado ese duelo y haber aprendido a vivir sin ella. Pero no lo pude hacer, no encontré la salida, el olvido. Y se quedó en mí, en forma de una absurda esperanza, aferrado a que esa frontera caería un día y yo la recuperaría. Pero esos muros siguen allí, casi sesenta años después.

Cuando entendí que no podía quedarme allí todo mi afán fue el de estudiar y trabajar, ganar una posición acomodada, siempre pensando en que un día la vida me las devolviese, siempre esperando que todo lo que ella encontrase fuera de su agrado. Escuchaba canciones que hablaban de amores desgarrados, y podía sentir la mano fría que con sus uñas arañaba mi corazón cada día. Y el peso de todo eso, poco a poco me hizo tocar fondo, hundirme.

En mitad de esa tormenta, entregado como estaba ya, perdido, desorientado y desalentado, alguien cercano me invitó a viajar por Europa, prácticamente me obligó pagándome el pasaje, y no tuve por menos que aceptar.

Y entonces llegó Sagres. Habíamos comenzado en el Algarve portugués tras unos días en Cádiz, y aunque seguía manteniendo un trato huraño, en aquellos pocos días estaba descubriendo una fisura en mí. Hasta me sorprendí sonriendo en algunos momentos, resucitando un buen humor que se había quedado en el pretil del manantial de la aldea.

El camino al Cabo de San Vicente no enseña nada hasta que de repente estás junto al faro. Nos habían recomendado ir en la tarde, para asistir al atardecer, y la imagen al bajar del coche fue tan...brutal, que así, de repente, el hielo añejado que me amargaba desde aquel día infausto comenzó a resquebrajarse.

El mar, tan inmenso, tan potente, tan incansable abriendo vías en los farallones de rocas, el sol cayendo arrastrando el andamio de rayos amarillos, naranjas, rosas... Las parejas de enamorados abrazados cobijados del viento perpetuo de la zona, rompieron también mi coraza, me desnudaron frente a mi sinrazón. No nos movimos de allí en una semana, y todas las tardes yo enfilaba el camino del faro para poder ver tanta belleza junta, tanta demostración de determinación, de fuerza poderosa. Y en todo eso, dulce Young Mi, te encontré a ti. Encontré la manera de comunicarme contigo allí donde estuvieras, y allí empezó mi Bucket list. Compré el cuaderno que hoy aferro y me dispuse a anotar todos los lugares bellos que después conocí, para poder recordarlos, para poder contártelos donde quiera que estuvieses, sin la necesidad de la esperanza de encontrarte de nuevo con vida, pero con la certeza de que hacerlo era al fin mi liberación, mi forma de poder estar contigo sin ti. Hacer lo que los dos queríamos hacer: explorar, viajar, admirar, respetar, amar los miles de lugares que nos esperaban, mi pequeña y dulce Young Mi.

He viajado y apuntado en mi cuaderno cientos de destinos, lugares que ya he vivido como si pudiera contártelos. Y ahora que años después me siento en paz, he regresado a nuestra Corea, al fin para poder vivir allí sin la pena del ayer. Y hoy, pequeña Young Mi, ha llegado la misiva del Ministerio de Interior: un grupo de familias de ambos lados de la frontera podrán encontrarse en la zona desmilitarizada por unas horas, y mi nombre figura como petición de alguien en el otro lado. Y sólo puedes ser tú.

Así que aferrado a mi cuaderno estoy, esperando a que nos den paso a vuestra sala, en un barracón desvencijado y sucio que a mí me parece un palacio de esos que he visto en muchos países.

Al abrirse la puerta te reconozco rápidamente, y el corazón se me encoge. Enjuta pero envarada, sin maquillaje y con la cara de niña de aquel día, pero con unas gafas oscuras y un bastón que delatan tu ceguera, me parece increíble poder tener la suerte de vivir este momento.

Me acerco hacia ti y algo mágico ocurre: no me hace falta llegar, me intuyes y das dos pasos hacia mí, y cincuenta y nueve años después nuestras manos pueden de nuevo tocarse, aferrarse.

- Ni un día en este tiempo, ni un día, dejé de dedicar un minuto a recordarte- dice- y de alguna forma lo hice porque algo me gritaba que tú hacías lo mismo.

- No te quepa duda amor. Ni un solo día.

El encuentro es rápido, tan solo una hora y media de conversación en las que mi cabeza está en otra cosa. Una suma considerable de dinero norcoreano adquirido en el mercado negro descansa en mi bolsillo, y me dirijo al oficial encargado del encuentro.

- Señor, con todos mis respetos, mi hermana está ciega, ambos somos muy mayores y no tengo más familia que ella. Por favor- suplico, mientras le enseño el dinero abriendo un poco la chaqueta- dígame que podremos seguir juntos, que podré llevármela aduciendo motivos humanitarios.

El soldado duda unos segundos, pero rápidamente niega con la cabeza.

- Si lo hago, no pasaré esta noche con vida. No existe esa posibilidad. A menos que...

La luz que se abre, la rendija por la que nos robaron tantos años.

- A menos que usted renuncie a la nacionalidad surcoreana en este mismo instante y vuelva con nosotros a territorio norcoreano.

Conozco un millón de historias desoladoras de la otra Corea. La hambruna, el frío, la reeducación... Siento un escalofrío.

- Iré con ustedes. Firmaré ahora mismo.

Y a punto de cerrarse la puerta, con una mano aferrada a la tuya y la otra a mi raído cuaderno, sé que al menos tendré todo el tiempo del mundo para contártelo todo, para que viajes conmigo con tus ojos vacíos. Podré contarte, querida Young Mi, que todo eso que vi, lo vi para poder contártelo un día. Todo eso, y que Te quiero, Young Mi.


jueves, 11 de agosto de 2016

VOLVER


Siempre hay etapas. Y errores. Y largas penitencias y miedos. Dolor y soledad. Y miserias. Muchas, individuales, comunes o de otros. Hay caminos despejados que de repente se intrincan, se hacen tortuosos, se pegan a uno y lo ahogan, lo agobian.

En esa complejidad apenas disciernes, dejas de creer, lentamente te abandonas, te niegas. Y de repente, como el náufrago que recogen en el último momento, surgen manos, aire, lugares que confortan, refugios del pasado, personas abnegadas. Y la vida, que como otras veces he escrito es muy puta, te ofrece lo que posiblemente mereces: una oportunidad para volver. Para ser mejor. O al menos para intentarlo.

Lo que eres es un poco por lo que fuiste. Por eso son tan importantes los refugios. Sentirlos.

VOLVER

He comprado una bolsa de pipas, de esas bolsas amarillas con letras rojas de los tostaderos de antes. Y a los cinco minutos ya tengo esa sensación de que mis labios van a estallar de tanto chupar la sal de fuera antes de partirlas con los dientes y escupir la cáscara a la arena, tras la barandilla. Hace un frío de mil demonios, sopla el aire y el campo, de tierra, está duro, como helado, y en un par de sitios hay charcos que desnivelan el terreno. El fútbol de barrio es así. En estos campos no hay espacios, ni lugar para las florituras. Sólo arena y yeso, y poco público.

Podría echar mil horas aquí, comiendo mis pipas, viendo jugar. Los malos jugadores siempre admiramos el juego de los demás, y a mí además me encantan los detalles de equipo, el consuelo cuando los otros marcan, los abrazos de los ganadores, la lluvia empapando campo, jugadores y espectadores, el olor de la panceta del bar social… Hay en esto algo de inmutabilidad. De estos campos hay cientos de miles, y en todos se está jugando a lo mismo desde hace más de cien años. Es primitivo, algo irracional, incluso tonto. Pero estar allí, sentado, con mis pipas, me relaja, me aquieta, me consuela. Me permite no pensar.

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El siempre viene. Como otros protagonistas de otros relatos. Viene. Se sienta. Me escucha. Me indica que andemos, que demos un paseo. Y me cambia los colores. Me borra el negro y abre otras escalas. Y es casi realista, porque no me dice blanco cuando yo veo negro. Me dice gris. Me dice marengo o perla, camina a mi lado y gesticula, me aprieta la mano, y no deja que me caiga si me mareo, si me agoto, si me consumo.

Le dan igual los horarios, las cortapisas, los convencionalismos, sus limitaciones de tiempo. El siempre viene. Y no me suelta. Y entonces la marea, que estaba azotándome de lo lindo, se hace bajamar y me concede unas horas para descansar.

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Hay algo mágico en la lluvia, en el agua corriendo por los canalones, o azotando ventanas o mojando mi cara. Y también hay algo mágico en las calles vacías cuando esto ocurre. No eres nadie. Eres sólo espectador. Hueles la tierra mojada, pisas charcos, dejas que el agua cale, escuchas sólo su golpeo, incesante, demoledor. Me repara. Me nutre. Quizás es ese setenta por ciento de agua que somos. Quizá.

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La cama es a la vez mi castigo y mi nido, mi consuelo y mi potro de tortura. Durante muchas noches, el patrón es que me duermo y al poco despierto. Y veo pasar las horas y mi vida, y vuelvo a los siete picos, y subo y bajo de mi montaña rusa, y esa batalla me desgasta y me bloquea, me calcina.

Sin tu mano, sin esa mano que vuelve y se posa y me habla al oído, no podría retornar nunca al sueño de soñar.

Y como las pipas, la sal, la arena, el equipo, el hermano, la madre, la lluvia, las princesas y el mentor, cuando tu mano me ase siento refugio, siento que cedo, que bajo del caballo y descanso. Y sueño con volver, siendo mejor. Porque todos necesitamos volver para tener una nueva oportunidad.

domingo, 24 de julio de 2016

LAS COSAS QUE CREO QUE HE APRENDIDO


Hay cosas que, irremediablemente, uno aprende a base de golpes, de golpes duros, de golpes reales, de esos que te ayudan a entender tu realidad, la realidad de este mundo.

Otras veces, uno aprende simplemente porque el tiempo pasa y cambia nuestras realidades y las del mundo y las personas que nos rodean.

Siempre aprendemos. Bueno, en principio. Porque por mucho que a veces sabemos comprender el peligro o la locura o lo incorrecto, terminamos cruzando esa barrera. Terminamos locos, incorrectos, terminamos al borde del peligro. Y eso que, en principio, había cosas que habíamos aprendido.

LAS COSAS QUE HE APRENDIDO

He aprendido que un día te mueres y el que lo siente, sin duda, eres tú. Sobre tu recuerdo caerán toneladas de segundos que, como la tierra que cae sobre tu caja, harán que las personas que te rozaron poco a poco te olviden. Así es, y así debe ser. Los recuerdos dolorosos no pueden existir para siempre.

He aprendido que de entre los que se mueren hay de todo: grandes cabrones y personas excepcionales. Y que ninguno de ellos elige las circunstancias de su muerte. Por eso la mayoría de las veces esas muertes son crueles. Así es, y así debe ser.

He aprendido que, vayas donde vayas, hay listos, muy listos, listísimos que no hacen más que la mitad de cuarto que lo que uno hace, pero que lo venden como el Santo Grial, y que se perpetúan en sus cargos. Alrededor, muchos simplemente alucinaremos, y esperaremos ese San Martín que a estos cerdos, con perdón, no les llega.

He aprendido a no criticar sin saber, y, aun sabiendo, he aprendido a criticar lo mínimo. Entre otras muchas cosas, porque nunca sabes. Es imposible que sepas cosas que solo se ven desde dentro. Y además, no puedes juzgar solo desde tu prisma, solo a través de lo que tú no haces. No. Eso me hace sentir mejor.

He aprendido que normalmente gana el fuerte, y que es mejor no ir contra según, quién o cómo. Te machacarán. Esperarán su momento y lo harán. No te quepa duda. Parte de la base de que entre cien personas siempre hay un hijoputa con ganas de hacer daño.

He aprendido cosas fantásticas. Como a disfrutar a solas, a valerme y bastarme. He aprendido a no esperar, a no desear, a no querer. De esa manera me alimento, me como, me nutro, me protejo.

He aprendido a atesorar, a guarecer secretos, a valorar momentos chiquititos pero lujosos como piezas de orfebre. He elevado el abrazo sincero a la categoría de único, y a una mano que aprieta la mía, a la categoría de sublime.

He aprendido a cambiar, a negar un poco lo que soy. He aprendido a protegerme para poder proteger, para poder ser.

A ratos pienso que de nada sirve, que no me ayudará en nada. Pero en el fondo sé que sí. Porque he aprendido. Y ya no vivo en Nunca Jamás. No existe un lugar así en la tierra de los humanos.