Esta es la
historia de amor más bella que nunca jamás haya escrito. Está en mi cabeza
desde hace unos años, se forjó tras un zarpazo de belleza que se produjo en mi
corazón una tarde de verano, así, sin comerlo ni beberlo. Desde entonces he
buscado dentro de mi cómo darla forma, cómo escribirla, con qué personajes. Y
el otro día escuchando las noticias la historia de repente encajó. Quedaba sólo
aprestarla, juntar las letras y esperar que el resultado sea para vosotros el
mismo que plo ha sido para mí. Cuando leo Chin Hwa y Young Mi, pienso que es la
historia más bella que nunca jamás haya escrito.

Me llamo Chin
Hwa y tengo hoy 20 de febrero de 2009 setenta y seis años de edad. Para los que
no sepan coreano, Chin Hwa es un nombre precioso y puedo sentirme afortunado
porque me llamaran así en su día. El deseo de mis padres era que yo creciese
sano y saludable, el más sano de la camada, eso es lo que mi nombre significa y
a fe de mi edad y mi estado físico y mental actual su deseo se convirtió en una
realidad.
No voy a
decir que soy joven, o que aparente mucha menos edad, pero confieso que he
vivido, intenso y trabajado, y que pese a llevar dentro de mí un profundo dolor
durante más de cincuenta años, no me he quebrado. Esa pena oscura no ha podido
vencerme por un segundo. Y el motivo de esta mi victoria frente a mi tristeza
puede apreciarse a simple vista si me observas por un momento, ahora o en
cualquier álbum de fotos que pudieras repasar para saber más de mí. En mi mano
izquierda aferro un cuaderno pequeño, de tapas verdes, gastadas. Mi bucket
list.
Posiblemente algunos de ustedes tengan uno, incluso algunos lo tengan sin
saberlo. Un bucket list es un pequeño cuaderno de propósitos, una lista de
cosas pendientes, deseos, luchas, etc. En el fondo es un poco un resorte, algo
que nos empuja, una motivación adicional. Para mí es algo más. Y además, no es
sólo mío, pese a que en sus renglones apretados sólo yo haya escrito durante
años. Mi bucket list es mío y es de Young Mi.
Young Mi es coreana, bueno quizá era coreana y hoy por hoy ya no exista, es
algo que no puedo saber. No sé si seguirá viva, no he tenido en ningún momento
oportunidad de saberlo desde que nos separamos. Young Mi es también un nombre
precioso que significa eternidad y belleza. Antes les dije que creo que hice
honor a mi nombre. Young Mi mucho más.
Al nacer todas las personas que asistían al parto en el modesto hospital
comarcal se quedaron calladas. Era un bebé inusual, de una belleza tan pura,
tan evidente, que el nombre vino solo, casi por aclamación.
Su crecer corrió paralelo al mío, y en la pequeña escuela éramos los dos
alumnos más capaces, más brillantes. Ella me decía siempre que estábamos unidos
desde el primer segundo, como en las historias del teatro de los domingos. Dos
almas libres, vagando juntas desde inicio, convirtiendo la camaradería en un
amor sincero y abochornante por lo notorio desde su comienzo.
Las clases acababan pronto por falta de recursos, el verano se alargaba, y
Young Mi y yo hacíamos lo que más nos gustaba: explorar, descubrir juntos cada
recodo de nuestro entorno. No había camino, arroyo, ladera o senda que no anduviésemos,
y ella siempre me repetía que en el futuro iríamos más lejos, a viajar y
recorrer toda Corea, y Asia, y el resto del mundo. Nos hacíamos con libros y
atlas de otros países y jugábamos junto al manantial de las afueras del pueblo
a ser turistas visitando remotos parajes.
Cada tarde tras el colegio pasábamos por nuestras casas y corríamos después a
esas piedras, e imaginábamos cómo sería Seúl, o Shanghái, e incluso Tokio. Todo
lo que podíamos lo hacíamos juntos, rara vez estábamos uno sin el otro, salvo
ese momento después de clase y el de irse a dormir.
Y en una de esas tardes todo lo que no podía cambiar, todo lo que estaba hecho
para perdurar, se desbarató en unos minutos. Yo había llegado a la atalaya del
manantial y desde allí observaba el camino hasta el pueblo. De repente unos
soldados irrumpieron entre las casas, disparando y chillando. Bajé corriendo la
mitad de la cuesta pero desde ese punto vi cómo se llevaban detenidos a mis
familiares, a los suyos, y a Young Mi. Uno de mis hermanos mayores subía
corriendo por la cuesta, me agarró impidiéndome seguir bajando y me instó a correr
sin mirar atrás. Anduvimos horas como proscritos hasta que se hizo la noche. Y
al amanecer, Young Mi despertó en Corea del Norte y mi hermano y yo tras la
vanguardia surcoreana. Podría disfrazarte las consecuencias de este hecho, de
un momento así, pero no lo haré. En aquel amanecer mi corazón se paró, perdió
su luz. Pasó de tener una función dual a tener tan solo la función de bombearme
sangre a diario en cantidad suficiente como para llevar una vida así, sin Young
Mi.
Durante los primeros cinco años tras ese amanecer permanecí siempre cerca de
las fronteras, incluso pude regresar a la recuperada aldea, o al lugar en la que
ésta se encontraba. No había nadie. Antes de replegarse los norcoreanos se
llevaron prisioneros a los habitantes de las zonas conquistadas. Nadie pudo
darme en esos años ni una sola pista sobre su paradero, aunque casi todos a mi
alrededor me trataban con esa condescendencia de al que le saben perdido,
desolado y negando una pérdida evidente para ellos.
Y yo podría haber dejado que Young Mi muriese en mí. O que quedase guardada,
reservada en algún compartimento que pacientemente tallase en una oquedad de mi
corazón. Debería haberlo hecho, haber levantado ese duelo y haber aprendido a
vivir sin ella. Pero no lo pude hacer, no encontré la salida, el olvido. Y se
quedó en mí, en forma de una absurda esperanza, aferrado a que esa frontera
caería un día y yo la recuperaría. Pero esos muros siguen allí, casi sesenta
años después.
Cuando entendí que no podía quedarme allí todo mi afán fue el de estudiar y
trabajar, ganar una posición acomodada, siempre pensando en que un día la vida
me las devolviese, siempre esperando que todo lo que ella encontrase fuera de
su agrado. Escuchaba canciones que hablaban de amores desgarrados, y podía
sentir la mano fría que con sus uñas arañaba mi corazón cada día. Y el peso de
todo eso, poco a poco me hizo tocar fondo, hundirme.
En mitad de esa tormenta, entregado como estaba ya, perdido, desorientado y
desalentado, alguien cercano me invitó a viajar por Europa, prácticamente me
obligó pagándome el pasaje, y no tuve por menos que aceptar.
Y entonces llegó Sagres. Habíamos comenzado en el Algarve portugués tras unos
días en Cádiz, y aunque seguía manteniendo un trato huraño, en aquellos pocos
días estaba descubriendo una fisura en mí. Hasta me sorprendí sonriendo en
algunos momentos, resucitando un buen humor que se había quedado en el pretil
del manantial de la aldea.
El camino al Cabo de San Vicente no enseña nada hasta que de repente estás
junto al faro. Nos habían recomendado ir en la tarde, para asistir al
atardecer, y la imagen al bajar del coche fue tan...brutal, que así, de
repente, el hielo añejado que me amargaba desde aquel día infausto comenzó a
resquebrajarse.
El mar, tan inmenso, tan potente, tan incansable abriendo vías en los
farallones de rocas, el sol cayendo arrastrando el andamio de rayos amarillos,
naranjas, rosas... Las parejas de enamorados abrazados cobijados del viento
perpetuo de la zona, rompieron también mi coraza, me desnudaron frente a mi
sinrazón. No nos movimos de allí en una semana, y todas las tardes yo enfilaba
el camino del faro para poder ver tanta belleza junta, tanta demostración de determinación,
de fuerza poderosa. Y en todo eso, dulce Young Mi, te encontré a ti. Encontré
la manera de comunicarme contigo allí donde estuvieras, y allí empezó mi Bucket
list. Compré el cuaderno que hoy aferro y me dispuse a anotar todos los lugares
bellos que después conocí, para poder recordarlos, para poder contártelos donde
quiera que estuvieses, sin la necesidad de la esperanza de encontrarte de nuevo
con vida, pero con la certeza de que hacerlo era al fin mi liberación, mi forma
de poder estar contigo sin ti. Hacer lo que los dos queríamos hacer: explorar,
viajar, admirar, respetar, amar los miles de lugares que nos esperaban, mi
pequeña y dulce Young Mi.
He viajado y apuntado en mi cuaderno cientos de destinos, lugares que ya he
vivido como si pudiera contártelos. Y ahora que años después me siento en paz,
he regresado a nuestra Corea, al fin para poder vivir allí sin la pena del
ayer. Y hoy, pequeña Young Mi, ha llegado la misiva del Ministerio de Interior:
un grupo de familias de ambos lados de la frontera podrán encontrarse en la
zona desmilitarizada por unas horas, y mi nombre figura como petición de
alguien en el otro lado. Y sólo puedes ser tú.
Así que aferrado a mi cuaderno estoy, esperando a que nos den paso a vuestra
sala, en un barracón desvencijado y sucio que a mí me parece un palacio de esos
que he visto en muchos países.
Al abrirse la puerta te reconozco rápidamente, y el corazón se me encoge.
Enjuta pero envarada, sin maquillaje y con la cara de niña de aquel día, pero
con unas gafas oscuras y un bastón que delatan tu ceguera, me parece increíble
poder tener la suerte de vivir este momento.
Me acerco hacia ti y algo mágico ocurre: no me hace falta llegar, me intuyes y
das dos pasos hacia mí, y cincuenta y nueve años después nuestras manos pueden
de nuevo tocarse, aferrarse.
- Ni un día en este tiempo, ni un día, dejé de dedicar un minuto a recordarte-
dice- y de alguna forma lo hice porque algo me gritaba que tú hacías lo mismo.
- No te quepa duda amor. Ni un solo día.
El encuentro es rápido, tan solo una hora y media de conversación en las que mi
cabeza está en otra cosa. Una suma considerable de dinero norcoreano adquirido
en el mercado negro descansa en mi bolsillo, y me dirijo al oficial encargado
del encuentro.
- Señor, con todos mis respetos, mi hermana está ciega, ambos somos muy mayores
y no tengo más familia que ella. Por favor- suplico, mientras le enseño el
dinero abriendo un poco la chaqueta- dígame que podremos seguir juntos, que
podré llevármela aduciendo motivos humanitarios.
El soldado duda unos segundos, pero rápidamente niega con la cabeza.
- Si lo hago, no pasaré esta noche con vida. No existe esa posibilidad. A menos
que...
La luz que se abre, la rendija por la que nos robaron tantos años.
- A menos que usted renuncie a la nacionalidad surcoreana en este mismo
instante y vuelva con nosotros a territorio norcoreano.
Conozco un millón de historias desoladoras de la otra Corea. La hambruna, el
frío, la reeducación... Siento un escalofrío.
- Iré con ustedes. Firmaré ahora mismo.
Y a punto de cerrarse la puerta, con una mano aferrada a la tuya y la otra a mi
raído cuaderno, sé que al menos tendré todo el tiempo del mundo para contártelo
todo, para que viajes conmigo con tus ojos vacíos. Podré contarte, querida
Young Mi, que todo eso que vi, lo vi para poder contártelo un día. Todo eso, y
que Te quiero, Young Mi.