domingo, 24 de julio de 2016

LAS COSAS QUE CREO QUE HE APRENDIDO


Hay cosas que, irremediablemente, uno aprende a base de golpes, de golpes duros, de golpes reales, de esos que te ayudan a entender tu realidad, la realidad de este mundo.

Otras veces, uno aprende simplemente porque el tiempo pasa y cambia nuestras realidades y las del mundo y las personas que nos rodean.

Siempre aprendemos. Bueno, en principio. Porque por mucho que a veces sabemos comprender el peligro o la locura o lo incorrecto, terminamos cruzando esa barrera. Terminamos locos, incorrectos, terminamos al borde del peligro. Y eso que, en principio, había cosas que habíamos aprendido.

LAS COSAS QUE HE APRENDIDO

He aprendido que un día te mueres y el que lo siente, sin duda, eres tú. Sobre tu recuerdo caerán toneladas de segundos que, como la tierra que cae sobre tu caja, harán que las personas que te rozaron poco a poco te olviden. Así es, y así debe ser. Los recuerdos dolorosos no pueden existir para siempre.

He aprendido que de entre los que se mueren hay de todo: grandes cabrones y personas excepcionales. Y que ninguno de ellos elige las circunstancias de su muerte. Por eso la mayoría de las veces esas muertes son crueles. Así es, y así debe ser.

He aprendido que, vayas donde vayas, hay listos, muy listos, listísimos que no hacen más que la mitad de cuarto que lo que uno hace, pero que lo venden como el Santo Grial, y que se perpetúan en sus cargos. Alrededor, muchos simplemente alucinaremos, y esperaremos ese San Martín que a estos cerdos, con perdón, no les llega.

He aprendido a no criticar sin saber, y, aun sabiendo, he aprendido a criticar lo mínimo. Entre otras muchas cosas, porque nunca sabes. Es imposible que sepas cosas que solo se ven desde dentro. Y además, no puedes juzgar solo desde tu prisma, solo a través de lo que tú no haces. No. Eso me hace sentir mejor.

He aprendido que normalmente gana el fuerte, y que es mejor no ir contra según, quién o cómo. Te machacarán. Esperarán su momento y lo harán. No te quepa duda. Parte de la base de que entre cien personas siempre hay un hijoputa con ganas de hacer daño.

He aprendido cosas fantásticas. Como a disfrutar a solas, a valerme y bastarme. He aprendido a no esperar, a no desear, a no querer. De esa manera me alimento, me como, me nutro, me protejo.

He aprendido a atesorar, a guarecer secretos, a valorar momentos chiquititos pero lujosos como piezas de orfebre. He elevado el abrazo sincero a la categoría de único, y a una mano que aprieta la mía, a la categoría de sublime.

He aprendido a cambiar, a negar un poco lo que soy. He aprendido a protegerme para poder proteger, para poder ser.

A ratos pienso que de nada sirve, que no me ayudará en nada. Pero en el fondo sé que sí. Porque he aprendido. Y ya no vivo en Nunca Jamás. No existe un lugar así en la tierra de los humanos.

miércoles, 13 de julio de 2016

LO QUE ESTÁ PASANDO Y NO

Somos descreídos. Lo somos hasta tal punto que ni siquiera creemos lo que vemos. Somos incrédulos, seguramente porque pensamos que las cosas que pueden pasar tienen que pasar tal y como nos pasarían a nosotros. Y no.

La grandeza de un mundo imperfecto es que todo es posible. Hasta las cosas que van a pasar y en las que no crees. Por descreído.
 

LO QUE ESTÁ PASANDO Y NO

Ella , Sandy, ha perdido la fe. Encerrada en un cuerpo que es más corpulento mañana que hoy, atrapada en sus miserias, en sus ansias, Sandy siente que sólo vivirá el amor que ve en las series de la televisión, en el amor de otros y de otras, aquel que es lejano pero que cuando se acerca duele porque te enfrenta a tu desnudez relacional. Sandy está más sola que la una, pero de repente Hiro aparece para cambiarlo todo. Hiro es asiático, menudo, al lado de Sandy da el contrapunto. Los dos tienen nombres ficticios, habitan solo en mi imaginación cuando los he encontrado paseando por las calles de la británica Cambridge. Diez grados en la calle y ese viento del norte que te machaca en esta ciudad ya sea Febrero que Mayo, ya sea Diciembre que Julio. A ellos no les importa. Ella lleva un imposible pantalón corto que deja entrever sus moradas y rollizas piernas, y una camiseta de dibujos geométricos que se la quedó pequeña hace un tiempo. El tiene unas gafas de presbicia significativa, un peso total no superior a cincuenta kilos y aspecto de no estar muy enterado de nada, o quizás me engañe esa apariencia. De hecho, ahora que me acerco, percibo en él, en esos ojos primarios esa mirada que he visto en otros y que delata inteligencia y suspicacia. En el caso de Hiro hay otra cosa más, algo inexplicable a mis ojos, algo que no parece tener una explicación lógica: Hiro mira arrobado a Sandy, mientras ella apura uno de esos plásticos llenos de ron con coca cola que los ingleses consumen en la calle, cocteles imposibles metidos en envases plastificados, de colores chillones, horteras para no desentonar con el ambiente.


Justo al lado de ellos un movimiento en el suelo llama mi atención. Aparentemente hay algo dentro de una gigantesca caja de cartón, de esas que se utilizan para embalar los grandes frigoríficos. Las manos oscuras de un hombre que estaba dentro de la caja manipulan sus bordes, abren las tapas, que saltan hacia afuera. No todas las mariposas son bonitas al salir de sus crisálidas. Este hombre no es la imagen de ninguna marca comercial, pese a vivir a las puertas de un centro de ocio. Yo quiero imaginar los motivos que le han llevado a vivir ahí, justo al lado de la puerta de uno de esos garitos ingleses infames, llenos a rebosar de alcohólicos anónimos, que no contentos con atrancar los baños del local todos los viernes, ahora salen y se ponen a mear en la caja del migrante, del desplazado, que por eso ha terminado por salir de la crisálida, a riesgo de despertar si no empapado en orines de otros.

Hiro y Sandy no conocen a Abdou, el senegalés de la caja, aunque hasta hace un rato compartían espacio, ellos besándose, chuperreteandose al lado de la cama improvisada del refugiado, ajenos a la desgracia del otro, pendientes sólo de su trallazo hormonal, de la previa antes de un coito rápido en la habitación alquilada de uno de los dos, allí en la residencia de estudiantes.

Estoy pensando mientras paseo al lado de Abdou, mientras le escucho gritar para nada, tratando de ahuyentar a los tres borrachos que han confundido su cama con un meodromo. Estoy tratando de ponerme en la piel de ese hombre, un igual que yo al fin y al cabo, que está allí tirado, amenazado, olvidado y ahora ignorado por esos cafres que hagan lo que hagan tienen o creen tener su vida resuelta.

Camino un poco más, atravieso una calle mal iluminada, y escucho la discusión acalorada de una pareja, dos chicos jóvenes que forman parte de un grupo más numeroso, que parece asistir como sujeto pasivo a este desencuentro. A medida que estoy más cerca, noto que la discusión se encona, que está demasiado subida de tono. Ella, la chica, hace ademán de marcharse, pero el la agarra de las muñecas, la aprieta, ella forcejea y él suelta la mano para pegarla un sonoro bofetón.

Silencio. Nadie, ninguno de los que asistían impertérritos a la trifulca mueve un dedo, emite un juicio de valor, amonesta al cenutrio que ha abofeteado a una chica que ahora se arrodilla, desmadejada.

Hago amago de intervenir, pero de repente todos esos individuos me parecen hostiles y éste país, este lugar del mundo que no es el mío, me parecen dispuestos a abofetearme a mi también si me sublevo.

Me consuelo a medias al ver que el chico se arrodilla y parece pedirla perdón. Avanzo por la calle, ahora vacía además de oscura, llego a mi hotel y en la cama, durante un rato largo, pienso en esta vida, en este mundo raro que mira para otro lado frente a las miserias humanas, que no quiere enfrentarse a según que realidades imposibles, pero que también ofrece oportunidades, vivencias, amor y sentimiento a quien parecía completamente condenado a no ser nunca feliz, a no tener nunca un momento de dicha.

Antes de dormirme pienso, como última reflexión del día, que nada es exactamente como lo pensamos o como lo vemos. Y por eso descreo.


domingo, 24 de abril de 2016

LA PUTA EMPATIA


¿No os pasa a veces que os gustaría no poseer una virtud? ¿No os sentís en algunas ocasiones como obligados por vuestra condición?

Quizá os pase, casi seguro que os pasa porque todos los que me leéis sois buena gente seguro. Hasta los que no conozco.

Y tenéis empatía. Aunque a veces quisierais no tenerla.




LA PUTA EMPATÍA
 
Quizá debe ir por delante que no soy un ladrón vocacional. A ver, tampoco soy Robin Hood, pero la verdad es que prefiero no saber a quién robo, no conocer al otro, no ver su cara.
 
Por eso desde las medidas especiales, lo paso realmente mal. Los robos en domicilios y empresas eran tan frecuentes que el gobierno tomó las riendas del tema, aumentando presencia policial y penas largas de prisión por allanamiento, y entonces decenas de ladrones sin vocación nos lanzamos a las calles, destinados a hurtos de poca cuantía, huyendo de las duras condenas pero también de los grandes botines.
 
Ese día estaba apostado en una confluencia de calles en el distrito comercial, esperando algún descuido, avistando confiadas presas que dejan su coche abierto mientras pagan en la gasolinera, en el kiosco, o simplemente tienen la ventanilla abierta.
 
Al poco, justo enfrente, aparca en doble fila un tipo. Por sus gestos se ve que está hablando a través del manos libres. Al principio sonríe, pero luego comienza a hacer grandes aspavientos. Discute.
 
En la otra esquina un camión poco vigilado descarga unas cajas de verdura, nada interesante, nada que pueda transformar en dinero rápido: lo fácil es la tecnología, y el pavo de la llamada sigue hablando, pero ahora mueve los brazos con furia, y de repente, bruscamente, corta la comunicación y apoya su cabeza en el volante.
 
Seguramente, pienso, ha discutido, y ha llevado las de perder. Me recuerda mucho a esas conversaciones que terminaban mal con Candela, aquellas discusiones que terminaron con nuestro matrimonio, que destrozaron nuestra historia y marcaron el inicio de mi descenso a los infiernos, hasta el punto de estar, como hoy, esperando que alguien se descuide para poder mangar algo que pueda transformar en unos días más de alquiler y comida.
 
El pavo levanta la cabeza del volante, mira algo en una tablet y la esconde bajo el asiento, preparándose para salir del coche. Antes de agarrar su americana, yo ya estoy dispuesto, ganzúa electrónica en mano, para abrir su coche cuando se marche.
 
Actúo rápido y confiado, porque ésa es la forma más sencilla de no despertar sospechas: me dirijo hacia el coche con la ganzúa en mano, como si fuera un mando a distancia, y en pocos segundos la tecnología, tan claramente puesta al servicio del lado oscuro, hace su trabajo y consigo abrir la puerta. Rápidamente saco de la guantera el IPad, y antes de marcharme escucho el avisador de un mensaje de whattsapp y descubro un teléfono en el bolsillo de la puerta del piloto. Lo agarro, salgo y me dirijo sin mirar atrás a mi coche.
 
Giro la calle para salir del ángulo cercano de visión, pero en la siguiente calle un camión tapona la circulación, con lo que desde el retrovisor puedo ver el coche que he saqueado. Hago sonar el claxon para presionar al transportista, que ni se inmuta, y me resigno a esperar, vigilando a mi espalda.
 
Su cara delata que rápidamente es consciente de la situación, y además se lleva las manos a la cabeza, y golpea el volante con violencia. Sale del coche y se recuesta sobre al capó, abatido, hasta que algo se activa en él, va hasta la acera y marca un numero desde una cabina, quizá el de la policía o el de alguien familiar. Finalmente el camión de delante está averiado, y es tan grande el acumulo que se ha ido haciendo tras de mí, que no puedo ir ni atrás ni adelante, así que sigo viendo todo lo que está ocurriendo cual inesperado espectador de un autocine.
 
El chico se sienta en un bordillo, y para mi malestar, tras un rato cabizbajo, levanta la cara: llora, aprieta los puños. Se desespera.
 
Dentro de mi coche me siento incómodo, maldigo el tráfico de la ciudad que ha posibilitado esto. El teléfono robado vibra de repente, varias veces, voy a cogerlo para apagarlo porque imagino que es alguien a quien él ha pedido que llame, pero no es una llamada, son mensajes de Whatsapp. Es una conversación con alguien que él nombra como La chica de mi vida. No quiero leer pero los mensajes van entrando, y al ver los últimos retrotraigo la historia con mi dedo. Mierda. He pillado una trascendental discusión. Parecen, son dos recién enamorados en su primera crisis, él la pide que la perdone por su torpeza, por sus errores. Ella resiste, parece resistir, pero al final, en los mensajes que él no ha leído, ella cede.
 
- Ven pronto a verme al teatro, espérame en el camerino. Me dueles pero...te adoro a partes casi iguales. Vuelve esta noche, por favor- escribe ella.
 
Miro hacia atrás, el tipo sigue sentado allí, el camión sigue delante, de pronto se pone a llover y suenan canciones llenas de melancolía en mi spotify.
 
- Chica de su vida, he robado el móvil de su príncipe, pero lo dejo bajo el banco en la parada del 39, justo al lado de donde han ocurrido los hechos. Ah. Y suerte. Espero que se arreglen, que de verdad sea su príncipe.
 
Salgo del coche, me siento en la parada, introduzco el móvil en un hueco tras el asiento y vuelvo al coche. El puto camión, la puta crisis, las putas películas con final feliz y, sobre todo, la puta empatía.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

lunes, 4 de abril de 2016

WHEN THE NIGHT COMES


¿A cuántas personas que han rozado nuestras vidas nunca llegamos a comprender? ¿Cuánto queremos saber de los demás? 

Muchas veces, las más de las veces, creo que no entendemos porque no nos esforzamos por entender, o porque no le dedicamos el tiempo necesario a hacerlo.

A ella parecía no importarla que no la entendieran. Pero si la observabas, si estabas ahí cuando la noche llegaba, no podías por menos que preguntarte sus porqués. Lo que no se ve de la chica de When the night comes.



WHEN THE NIGHT COMES

Ella era bajita, menuda, liviana. Pero no te confundas al leerme: ésa era sólo la apariencia. Tenía otra hermana, dos años mayor, que la llevaba a todas partes, y así la conocí. La hermana bailaba todo lo que ponían en la discoteca, sonreía a todo el mundo, era muy conocida allá donde fuésemos, y fuimos mucho, y a todas partes. Ella, como os decía, era el paquete, la hermana pequeña que tienes que atender, de no ser porque, al poco de llegar, ya llamaba la atención. Era altiva pese a su juventud, era desafiante y rápida en sus pensamientos, jugaba al billar subiéndose por el filo, apretaba fuerte el palo y le pegaba duro y colocado. Ahora al intentar evocarla para esta historia imagino música de Quique González o Coque Malla, música canalla, acordes de madrugada bien cargados de humo y cerveza en tercio.

No recuerdo la primera vez de nada a su lado, aunque imagino que fue todo en uno, y lo que sí recuerdo es que desde ese momento fuera el que fuese y como quiera que ocurriese, algo de ella, algo de lo que consumí de esa vampiresa me subyugó. Cuando nos encontrábamos hacia caso omiso, no parecía haber anidado en su corazón el mismo fuego que había colapsado mi armazón. Así que dejé pasar el tiempo, me protegí obviándola, y volví a encajar en la vía el tren descarrilado que su contacto había hecho de mi existencia.

Ahora que lo pienso, seguramente por eso no recuerdo esa primera vez. La borré y cuando estaba todo en el saco de lo indefenso, volvió a la carga.

Tenía novio. Recuerdo que lo dijo. Una sola vez, pero lo dijo. Apareció por el tugurio del billar donde nos escondíamos de los veranos, sin la hermana. Puso sus monedas para acceder al tapete y dos horas después nadie la ganaba. Seguía bajita, menuda, liviana. El cuerpo de un grumete y los ojos y el tono de un capitán, de un líder. El pecho pequeño, duro, marcado en una camiseta de tirantes de color caqui. Una exploradora, una francotiradora.

No pude ganarla una sola partida, pero me concedió bola extra. Esperó que el resto marchase, pagó dos cervezas y me citó en el baño. Fui tras ella y gané recuerdos que después volvieron a perseguirme y que ya nunca se fueron. Un sexo voraz, autoritario, de alto voltaje. Una mirada acerada, con un fondo indescifrable, mezcla de deseo y desencuentros. Mientras aferrada a mí crecía rítmicamente, en algún momento sentí su necesidad, su imperioso deseo de ser reconocida, de ser querida. Fueron  unos segundos. Apenas habíamos llegado y ella ya estaba fuera, recompuesta y apurando su cerveza.

Esta vez no se marchó. Pero tampoco se quedó. Me aferró a una rutina que no pude romper. Aparecía, sola siempre, con su camiseta de tirantes, tiraba de mí hasta su coche y allí ponía a Gary Moore. Conducía hasta el descampado y entonces y sólo entonces hablaba.

Me contaba retazos de una vida hecha jirones. Me hacía ponerme en su piel, me erizaba con su historia de soledad e incomprensión.

Un tiempo después, comprendí que yo era su cuarto oscuro, el lugar donde revelar sus fotos. Yo era su oportunidad de ordenar su distorsión por unas horas. Y yo me acostumbré a eso. Y a esperarla. A ella, y a sus noches.

Venia cada dos meses, aparecía, de repente, siempre a media tarde. Yo montaba en su coche, y ella conducía hasta el bar de un amigo. Salía de allí con seis cervezas frías y me llevaba hasta un descampado cercano. Te diría que hablaba, pero más bien mascullaba su historia, quería contármela y no. Quería que yo estuviese allí, atendiendo, pero realmente nunca me contaba exactamente qué la pasaba, menos aún si yo indagaba. Entonces zanjaba la conversación y dejábamos que la música llenase la atmósfera dentro del coche.

Y entonces, al principio lento pero luego acelerando inexorable, llegaba la noche. Ella cambiaba la cinta de la radio del coche, y sonaba Joe Cocker. Todas las tardes a su lado, como un ritual preconcebido, como una necesidad que sólo puede alimentarse así, llegaba la noche y ella ponía esa cinta. Y todas las noches, sin excepción hasta que dejó de venir a buscarme, ella me hacía el amor bajo los acordes de When the night comes.

No me quedó ni un segundo de tristeza, ni una lágrima que derramar cuando llegó una ausencia que yo ya sabía que llegaría. Se marchó y de vez en cuando enfilo el camino del descampado, paro el coche, abro el portón trastero y me siento a escuchar la música que ella me regaló. Todas las canciones. Menos When the night comes

viernes, 26 de febrero de 2016

DETALLES DESDE LA VENTANA


 
Cuanto más tardas en identificar y reconocer un problema, más tardas en acometerlo y someterlo. Mirar dentro de uno, dejar que los demás nos digan por qué debemos hacerlo, por qué debemos salir de esa inacción, es fundamental. Todos somos distintos y eso nos hace especiales. Aunque unos lo son más que otros. Personas que son un detalle constante, humanos en constante y abnegado servicio a los demás, que nunca se ponen por delante de nadie,  y que quizá por eso sufren más que ninguno. Personas detallistas que miran el mundo desde una ventana. Hasta abrirla.
 
 

DETALLES DESDE LA VENTANA

Marcos acaba de marcharse, cerrando de un portazo tan violento que aún se mueven un poco los platos que tengo colgados, recuerdo de algunos viajes que quizá no merecían más recuerdo que ése.

Cuando discutes con tu pareja a veces hay esa violencia, pero con Marcos, con mi amigo Marcos, las discusiones están elevadas a la máxima potencia. Seguramente busca en mí un efecto catártico, una especie de crisis que haga que piense en lo que él quiere que piense. Y es que Marcos, esta vez como otras, lo que quiere es que piense en mí.

Devuelvo la vida a mi IPhone, pico mis códigos, conecto Napster y dejo que la música lentamente me invada. Y luego, tras un rato, me levanto, camino hacia la ventana, giro la manilla y la abro. Y el aire que me llega es, de repente, mi aire.

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Una hora antes, Marcos ha llamado a mi puerta, con los nudillos primero, luego a timbrazos que taladraban mis tímpanos e inundaban mi cerebro. Me huele. Tiene esa puta capacidad que tienen los buenos amigos para aparecer cuando los necesitas pero aún te niegas a reconocerlo, cuando aún estoy empapada en el llanto que guarda la crisálida de los días malos.

No me queda más remedio que levantarme, arrastrar los pies y abrirle la puerta, para luego sin mirarle enfilar de nuevo al dormitorio. Pero Marcos, ese puto amigo que viene a hurgar en tus heridas cuando aún no lo has llamado, me corta el paso y sin palabras, sólo enfrentando mi mirada, me inquiere.

Yo no voy a contarle nada, no por nada, sino porque Marcos sabe ya todo, así que simplemente me detengo, dejo que su mirada me juzgue. Normalmente tras un rato así, se apiada, me regala uno de sus abrazos de oso, masculla alguna maldición y luego me elige la ropa para que salgamos a dar una vuelta.


Realmente, a día de hoy, no me pasa nada malo. Pero Marcos dice que sí, que lo que me pasa, que esa tendencia que tengo de encerrarme en casa y dormitar, es por mi inclinación al menosprecio.


Quizá tenga razón. Él dice que es una cuestión de educación. Aún a mi generación la educaron para jugar un papel secundario, para no ser la opinión que dicta un camino. Tenemos muchas veces tendencia a no expresar, a no parecer, a buscar pasar desapercibidas, dejamos que nuestros logros sean silenciados, o peor aún, tendemos a minusvalorarlos frente a los de otros. Y eso sin hablar de gustos, aficiones, etc.


Mi problema con Marcos es Marcos en sí mismo. Marcos comparte conmigo, vive en mis cosas y me hace partícipe de las suyas, y es por ello que, poco a poco, ha ido entrando en mí, ha ido conociendo todo. Marcos sabe que me gusta la música, no se sorprende al verme bailar, lo hemos hecho miles de veces en casa, gastando megas, comentando temas. Marcos sabe que me encantaría tocar el piano, recuperar mi solfeo. Marcos sabe que me gustaría preparar ricos platos para alguien, y continuar haciendo el amor en el sofá, para terminar durmiendo al otro en mis brazos, acariciando su cabello, con el ritmo aún veloz, pensando en que vuelva a amarme al despertar, para no sentir el vacío de una cama sin huésped.


Marcos sabe todo eso y mucho más. Sabe que el mundo me gusta en colores, que no quiero ir peinada sólo con una coleta, que adoro las montañas nevadas y el agua corriendo a mi lado. Que puedo hacer los deberes con mis hijos y al rato buscar la película que encaja con el gusto de mi amante, y que no fallaré.


Pero sobre todo, Marcos sabe, y me dice, que no hay una persona que pueda ser amiga de otro como yo lo soy. No te falta un detalle, me dice. Eres la AMIGA de las letras grandes.

Está enfadado hoy Marcos, muy enfadado. Y carga su rifle, hace su último intento.


- ¿Ves la ventana?,- pregunta- el mundo está ahí fuera. Y no te espera. Eres tú la que tienes que abrir, salir. Eres tú la que tienes que romper tus barreras. El mundo no te espera, pero se sorprenderá. ¿Sabes por qué?


Lo miro. Me mira.


 - Se sorprenderá porque el mundo necesita sentir como tú sientes. El mundo necesita de tu sensibilidad. Todos pensamos que nunca llegará alguien que tenga un detalle, que nos haga sonreír, que nos llene, que nos complique también. El mundo necesita gente que le haga sentir, como sientes tú. Así que es la última vez que te lo digo: abre la puta ventana, y llena las vidas de los demás de tus detalles.


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Así que, como antes decía, devuelvo la vida a mi IPhone, pico mis códigos, conecto Napster y dejo que la música lentamente me invada. Y luego, tras un rato, me levanto, camino hacia la ventana, giro la manilla y la abro. Y el aire que me llega es, de repente, mi aire. Mi aire, el aire de mi ciudad inundando mi casa, entrando en mi vida.

Y Marcos mirándome desde abajo, exultante. Sonriendo. Como siempre, como nunca.

viernes, 11 de diciembre de 2015

DETALLES


Pues claro que sí. Los polos opuestos se atraen. Los antónimos se complementan, completan la gama, te llevan del blanco al negro. Lo diferente es lo que te sorprende y te llega. Olvidémoslo todo. Menos los detalles

DETALLES

Yo viajaba mucho. Bueno, en realidad no viajaba tanto. En realidad lo que ocurría era que en la empresa salían los listados de destinos y yo me apuntaba enseguida a alguno. Y al llegar a esos destinos, sentía un poco lo mismo que se siente cuando conoces a un nuevo grupo de amigos, o cuando comienza una comunidad de vecinos en una nueva urbanización, o como cuando de pequeño iba al cole el primer día con los lápices puntiagudos y relucientes, y los cuadernos con las hojas inmaculadas esperaban mis letras. Sentía, al llegar al destino, que todo era nuevo, que todo comenzaba de cero, que todo eran nuevas aventuras, nuevos aprendizajes, nuevas vivencias.

Acababa de volver de Viena, donde un proyecto de un año me había permitido conocer más una de las cunas de la vieja Europa, con aroma a imperio trasnochado en sus callejas adoquinadas y encajonadas entre palacetes de aires regios. En sólo un año había quedado prendado de esa ciudad y de sus gentes, de la música en la calle y del carácter de ciudad abierta día y noche, tan extrañamente parecida en algunas cosas a mi Barcelona natal. Allí se había quedado también Leonie, una austriaca opulenta y extraordinariamente divertida que me había enseñado todos los night-clubs de la ciudad, amén de darme cobijo bajo su edredón, en noches que más bien eran madrugadas en las que nos amábamos casi inconscientes tras soberbias borracheras. Leonie me acompañó al aeropuerto, me besó de forma ardiente, por última vez, me dijo, y se dio media vuelta sin mirar atrás, poniendo punto y final a nuestra historia sin lágrimas ni remordimientos. Leonie era, es, e imagino que seguirá siendo en el futuro un alma libre, incapaz para el compromiso, como lo era yo.

Acababa de volver de Viena, y Barcelona me recibía fría, bajo una niebla mezcla de humedad y contaminación, y al contrario que otras veces, no encontré consuelo ni resguardo ni en mi casa. Quizá tanto tiempo fuera, de un lado para otro, conociendo otros mundos, hacía que cada vuelta fuese más difícil, que me resultase más complicado hacer una rutina que ya no sabía hacer, y que se me antojaba contrapuesta a mis comienzos de nuevas vidas en otros lugares. Todo, todo, es mucho más fácil cuando empiezas. Y así, a la mañana siguiente, ya estaba en el despacho de arquitectura, apuntando los nuevos destinos ofertados, deseando volar a otro lugar, devorar kilómetros, echar tierra de por medio, tener la posibilidad de escribir un nuevo cuaderno. Y entonces escogí Ibiza. Y, sin saberlo, te escogí a ti.

Tú me recibiste en el aeropuerto, y como Ibiza en sí, me recibiste fresca pero enigmática, alegre pero comedida, muy metida en tu papel de anfitriona, pero sin salirte de un rol que parecía que te habías prefijado. Me dio la sensación de que la primera premisa que tenía ese papel era: lo que sea, pero no te enamores de un desconocido que baja de un avión en busca del paraíso.

Tanit me dejó en el hotel, y los primeros días me recogía para ir a recorrer varios proyectos que el despacho tenía en la isla: carreteras, un centro comercial, varios trabajos menores y la joya de la corona: la nueva Marina del puerto, un complejo extraordinario que cambiaría el pintoresco enclave pesquero por un embarcadero que atraería nuevos amarres y puestos de trabajo a la zona. Mientras trabajábamos me di cuenta de que Tanit odiaba el proyecto, que odiaba lo que hacía. Profundamente ibicenca, la llegada de tanta parafernalia, de tanto ruido y gente a su paraíso, la irritaba profundamente. Aunque asumía que era imparable, no compartía ese destino para su lugar en el mundo. Y, obviamente, poco a poco, yo también fui odiando ese proyecto, ese destrozo, ese aplastamiento que a veces el progreso hace sobre las tradiciones y la cultura de un lugar.

No tengo que decir que me sentía atraído por Tanit. Su trato conmigo era educado, pero sobre todo era entregado: me hacía sentir involuntariamente cuidado, atendido, agasajado y, por qué no decirlo, me hacía sentir querido. Me llevaba por las tardes a recorrer la isla, en coche, en bici, corriendo, buceando, y luego cenábamos en restaurantes exóticos que a veces parecían hechos solo para nosotros, y también que, al marcharnos, los recogerían y guardarían en algún almacén, para sacarlos solo para dar de cenar a gente como nosotros, a gente que escribe en hojas en blanco de cuadernos a estrenar.

Una noche me llevó al hotel, venía riéndose de mí, me echaba en cara que llevase tres meses viviendo allí, y que aun sabiendo que el proyecto sería largo, no hubiese hecho ni el intento de buscar una casa de alquiler. Eres un pájaro sin nido, me espetaba, sonriendo.

Al marcharse ese día me dio un beso pequeño en la boca. Sus labios vibraban, podía sentir los latidos de su corazón en ellos.

Al día siguiente trajo una revista de una inmobiliaria local, y esa tarde cerré el alquiler de un pequeño y coqueto bungalow frente a la cala opuesta a la marina. No volvió a besarme, pero todos los días traía algo a casa, un adorno, servilletas de papel de colores, unos cojines de Ikea, un felpudo de fibras verdes para la terraza. Salíamos a cenar, y me preguntaba por mi vida, por mis viajes, por los otros destinos, por las mujeres y hombres de otros lugares... Tanit era el detalle hecho persona. No había nadie, no existía nadie más que yo cuando ella me escuchaba.

Una noche al volver a casa me preguntó qué cosas tenía en la nevera. Yogures, bolsas de ensalada y cerveza, la dije. Se reía. A carcajadas. Y lloró de risa cuando la dije que no había encendido nunca la cocina.

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Es domingo. Lo sé porque no ha sonado el despertador y debe ser tarde porque el calor de fuera empieza a invadir mi dormitorio. Me levanto para buscar el mando del aire y escucho unos golpes en la puerta. Es Tanit. Con una bolsa enorme.

En un viaje a Japón pude ver de cerca una ceremonia del té. Me hechizó la atmósfera, lo gestual, el gusto por el detalle, por cuidar hasta la parte más insignificante del ceremonial. Cuando Tanit abrió la bolsa y empezó a sacar cosas, ese recuerdo oriental vino a mí, de inmediato. Porque Tanit va sacando recipientes grandes y pequeños, y los va alineando en la encimera, mientras me explica.

Tanit va a hacer un Sofrit Pagés, un plato típico del interior de la isla, de los moradores más antiguos. En un recipiente trae el cordero, en otro el pollo, y en los recipientes más pequeños, sal, comino, almendras, patatas, sobrasada... Y aunque la cocina no es suya, rápido se hace con ella, y mientras cocina abre un vino un olor penetrante inunda esa casa que diez minutos antes me parecía tan insulsa.

Tanit habla, sonríe, sofríe, me mira a los ojos y sin más ni más comienza a desnudarme, y Tanit me hace el amor, delicada, detallista, ordenada como ese montón de recipientes en los que ha traído todo lo que hace que el plato, después de ese sexo iniciático, esté delicioso, y se grabe en mi memoria como un manjar inolvidable.

Los meses que siguieron fueron meses de felicidad intensa, malsana, descreída. Prolongué mi estancia, pasé de un proyecto a otro, me mantuve en esa casa que parecía la casa que nunca tuve y amé a Tanit con profundidad. Sin ambages.

Y pasó el tiempo. Y salió un proyecto en Islandia. Y me atrajo el frío. Al principio iba y volvía con Tanit, luego poco a poco perdí mi sitio, seguramente no quise verme, no quise mirarme ni entenderme, no quise pararme. Y Tanit se cansó de mis viajes, y sin dejar de querernos nos dejamos, se acabó. Unos años más tarde Tanit se enamoró de una mujer, se despojó como solo las valientes saben de prejuicios y se agarró a un amor que aun hoy perdura. De vez en cuando yo vuelvo a Ibiza, o ellas vienen a verme allá donde esté escribiendo un cuaderno nuevo. Cuando voy, ella prepara Sofrit Pagés para mí, y al entrar en su casa siento que es la única casa que es mía aunque no haya vivido nunca en ella, aunque sea de ellas. Siento que Tanit es mi casa.

Y así, cuando alguien agarre todos los cuadernos que han conformado mi vida, encontraran que de título de uno de ellos vendrá algo así:

Tanit. La importancia de los pequeños detalles.

viernes, 6 de noviembre de 2015

ESAS TECNOLOGIAS


Esas tecnologías que a veces son tan molestas, tan entrometidas, que han venido a robar nuestros sueños y a hacer olvidar libros y discos, son a veces sensibles, son a veces tiernas, son, por una vez, el principio de todo lo que realmente importa

 

ESAS TECNOLOGÍAS...

Estoy cansada, triste y enfadada, una malísima combinación. Pero como me conozco, poco a poco me he ido retirando de las conversaciones de los demás, me he metido en mi mundo interior, y estoy esperando que mi tormenta pase.

Estoy cansada porque los días son largos y traen mucha tarea. Cansa pensar qué haremos de cena, si hay que parar a comprar en Mercadona. Cansan los uniformes con sus manchas, las extra escolares, cansa mirar si hoy por fin llegaron las zapatillas de fútbol a Decathlon...

Estoy triste porque el agua de la piscina ya está fría, pese a la cúpula que compramos el año pasado. Me encantaba llegar tarde y poder bañarme casi a oscuras, en una suerte de verano sin fin, estirando mi época preferida del año.

Y estoy enfadada porque a veces una no puede evitarlo, y se enfada con el mundo de cerca y con el mundo de lejos, y se molesta con las intrigas de la oficina, y con los niños y el padre y el padre y los niños, y lo que te digo, que esos días es mejor medio borrarse, dejar que pase la tormenta, nuestra propia tormenta.

Antes de acostarme, reviso el teléfono con las últimas noticias, mails, whattsapp, fb, etc. y veo una notificación de Linkedin de un contacto al que he aceptado hace un rato. En una sola frase, el tío me comenta la alegría que le da estar conectados y me sugiere quedar para conocernos mejor. ¿Perdona? Me aseguro de que es un contacto de Linkedin y no uno de esos ex novios nostálgicos del año mil que de repente te recuerdan y te cambiarían por todo lo que tienen desde el Facebook. No. Es un contacto de Linkedin. El tío no ha debido de entender que esto no es el meetic. Dudo un poco en si mandarlo a la mierda pero recuerdo que estoy cansada, triste y enfadada y que va a ser mejor apagar y dormir con la esperanza de agarrar un dulce sueño. Click.

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En otra parte de la ciudad, esta mañana, una mañana más, una sola mujer sola recibe una notificación por Tinder. Ella pensará que es una más, la verdad es que ayer mismo estuvo a punto de borrar la aplicación, se sentía extraña.

Extraña la soledad, extraña el contacto con otro que no es el otro de siempre, el inolvidable. Cuando algo es impuesto, cuando la decisión de la ruptura es sólo del otro, te sientes más extraña aún. Te extrañas hasta de ti, pierdes pie, no sabes en cierta medida quién eres. De repente es como si no tuvieses sitio en el mundo, como si se te hubiese pasado la vez en la tienda. Desubicada sin más.

Por eso cuando alguien le contó Tinder dudó al principio, y seguramente esas mismas dudas se confirmaron en los primeros contactos. Otros desubicados, gente con poco que ofrecer o que ofrece solo inmediatez y aquí y ahora con descaro. Por eso su sensibilidad se siente extraña. Y está a punto de desechar la notificación pero esta vez la abre y ¡¡¡Chas!!! Sorpresa.

La notificación es de una persona. Una persona delicada, exigente, envolvente, y la extrañeza inicial se desvanece poco a poco, la desconfianza se descongela, y ella se  zambulle de lleno en esa mágica espiral de pasión por lo y el desconocido. Y en él de repente se encuentra a ella, se reencuentra mejorada, vital y fresca. Ella encuentra identidad, encuentra cosas que desea contar a sus amigos, desempolva su risa...resurge. Y eso que sabe que estuvo a punto de darle a NO en su pantalla.

Una noche días más tarde ambas cuentan su historia cenando con amigos. Yo estoy presente. Y me encanta ver como las tecnologías nos aíslan y nos acercan, celebro ver que pese a que todo tiene un fin comercial, algunas aplicaciones nos ofrecen oportunidades.

Mientras las escucho, a ambas, bloqueo desde el móvil de la primera al inútil contacto de linkedin, mientras que desde el de la segunda mando un beso y un me acuerdo de ti mientras le cuento a mis amigos como eres, al príncipe azul que apareció en la vida de mi amiga en una mañana que parecía que sería una más.