Somos descreídos. Lo somos hasta tal punto que ni siquiera creemos lo que vemos. Somos incrédulos, seguramente porque pensamos que las cosas que pueden pasar tienen que pasar tal y como nos pasarían a nosotros. Y no.
La grandeza de un mundo imperfecto es que todo es posible. Hasta las cosas que van a pasar y en las que no crees. Por descreído.
LO QUE ESTÁ PASANDO Y NO
Ella , Sandy, ha perdido la fe. Encerrada en un cuerpo que es más corpulento mañana que hoy, atrapada en sus miserias, en sus ansias, Sandy siente que sólo vivirá el amor que ve en las series de la televisión, en el amor de otros y de otras, aquel que es lejano pero que cuando se acerca duele porque te enfrenta a tu desnudez relacional. Sandy está más sola que la una, pero de repente Hiro aparece para cambiarlo todo. Hiro es asiático, menudo, al lado de Sandy da el contrapunto. Los dos tienen nombres ficticios, habitan solo en mi imaginación cuando los he encontrado paseando por las calles de la británica Cambridge. Diez grados en la calle y ese viento del norte que te machaca en esta ciudad ya sea Febrero que Mayo, ya sea Diciembre que Julio. A ellos no les importa. Ella lleva un imposible pantalón corto que deja entrever sus moradas y rollizas piernas, y una camiseta de dibujos geométricos que se la quedó pequeña hace un tiempo. El tiene unas gafas de presbicia significativa, un peso total no superior a cincuenta kilos y aspecto de no estar muy enterado de nada, o quizás me engañe esa apariencia. De hecho, ahora que me acerco, percibo en él, en esos ojos primarios esa mirada que he visto en otros y que delata inteligencia y suspicacia. En el caso de Hiro hay otra cosa más, algo inexplicable a mis ojos, algo que no parece tener una explicación lógica: Hiro mira arrobado a Sandy, mientras ella apura uno de esos plásticos llenos de ron con coca cola que los ingleses consumen en la calle, cocteles imposibles metidos en envases plastificados, de colores chillones, horteras para no desentonar con el ambiente.
Justo al lado de ellos un movimiento en el suelo llama mi atención. Aparentemente hay algo dentro de una gigantesca caja de cartón, de esas que se utilizan para embalar los grandes frigoríficos. Las manos oscuras de un hombre que estaba dentro de la caja manipulan sus bordes, abren las tapas, que saltan hacia afuera. No todas las mariposas son bonitas al salir de sus crisálidas. Este hombre no es la imagen de ninguna marca comercial, pese a vivir a las puertas de un centro de ocio. Yo quiero imaginar los motivos que le han llevado a vivir ahí, justo al lado de la puerta de uno de esos garitos ingleses infames, llenos a rebosar de alcohólicos anónimos, que no contentos con atrancar los baños del local todos los viernes, ahora salen y se ponen a mear en la caja del migrante, del desplazado, que por eso ha terminado por salir de la crisálida, a riesgo de despertar si no empapado en orines de otros.
Hiro y Sandy no conocen a Abdou, el senegalés de la caja, aunque hasta hace un rato compartían espacio, ellos besándose, chuperreteandose al lado de la cama improvisada del refugiado, ajenos a la desgracia del otro, pendientes sólo de su trallazo hormonal, de la previa antes de un coito rápido en la habitación alquilada de uno de los dos, allí en la residencia de estudiantes.
Estoy pensando mientras paseo al lado de Abdou, mientras le escucho gritar para nada, tratando de ahuyentar a los tres borrachos que han confundido su cama con un meodromo. Estoy tratando de ponerme en la piel de ese hombre, un igual que yo al fin y al cabo, que está allí tirado, amenazado, olvidado y ahora ignorado por esos cafres que hagan lo que hagan tienen o creen tener su vida resuelta.
Camino un poco más, atravieso una calle mal iluminada, y escucho la discusión acalorada de una pareja, dos chicos jóvenes que forman parte de un grupo más numeroso, que parece asistir como sujeto pasivo a este desencuentro. A medida que estoy más cerca, noto que la discusión se encona, que está demasiado subida de tono. Ella, la chica, hace ademán de marcharse, pero el la agarra de las muñecas, la aprieta, ella forcejea y él suelta la mano para pegarla un sonoro bofetón.
Silencio. Nadie, ninguno de los que asistían impertérritos a la trifulca mueve un dedo, emite un juicio de valor, amonesta al cenutrio que ha abofeteado a una chica que ahora se arrodilla, desmadejada.
Hago amago de intervenir, pero de repente todos esos individuos me parecen hostiles y éste país, este lugar del mundo que no es el mío, me parecen dispuestos a abofetearme a mi también si me sublevo.
Me consuelo a medias al ver que el chico se arrodilla y parece pedirla perdón. Avanzo por la calle, ahora vacía además de oscura, llego a mi hotel y en la cama, durante un rato largo, pienso en esta vida, en este mundo raro que mira para otro lado frente a las miserias humanas, que no quiere enfrentarse a según que realidades imposibles, pero que también ofrece oportunidades, vivencias, amor y sentimiento a quien parecía completamente condenado a no ser nunca feliz, a no tener nunca un momento de dicha.
Antes de dormirme pienso, como última reflexión del día, que nada es exactamente como lo pensamos o como lo vemos. Y por eso descreo.
miércoles, 13 de julio de 2016
domingo, 24 de abril de 2016
LA PUTA EMPATIA
¿No os pasa a veces que os gustaría no poseer una virtud? ¿No os sentís en algunas ocasiones como obligados por vuestra condición?
Quizá os pase, casi seguro que os pasa porque todos los que me leéis sois buena gente seguro. Hasta los que no conozco.
Y tenéis empatía. Aunque a veces quisierais no tenerla.
LA
PUTA EMPATÍA
Quizá debe ir por delante que no soy un ladrón vocacional. A ver, tampoco soy Robin Hood, pero la verdad es que prefiero no saber a quién robo, no conocer al otro, no ver su cara.
Por eso desde las medidas especiales, lo paso realmente mal. Los robos en domicilios y empresas eran tan frecuentes que el gobierno tomó las riendas del tema, aumentando presencia policial y penas largas de prisión por allanamiento, y entonces decenas de ladrones sin vocación nos lanzamos a las calles, destinados a hurtos de poca cuantía, huyendo de las duras condenas pero también de los grandes botines.
Ese día estaba apostado en una confluencia de calles en el distrito comercial, esperando algún descuido, avistando confiadas presas que dejan su coche abierto mientras pagan en la gasolinera, en el kiosco, o simplemente tienen la ventanilla abierta.
Al poco, justo enfrente, aparca en doble fila un tipo. Por sus gestos se ve que está hablando a través del manos libres. Al principio sonríe, pero luego comienza a hacer grandes aspavientos. Discute.
En la otra esquina un camión poco vigilado descarga unas cajas de verdura, nada interesante, nada que pueda transformar en dinero rápido: lo fácil es la tecnología, y el pavo de la llamada sigue hablando, pero ahora mueve los brazos con furia, y de repente, bruscamente, corta la comunicación y apoya su cabeza en el volante.
Seguramente, pienso, ha discutido, y ha llevado las de perder. Me recuerda mucho a esas conversaciones que terminaban mal con Candela, aquellas discusiones que terminaron con nuestro matrimonio, que destrozaron nuestra historia y marcaron el inicio de mi descenso a los infiernos, hasta el punto de estar, como hoy, esperando que alguien se descuide para poder mangar algo que pueda transformar en unos días más de alquiler y comida.
El pavo levanta la cabeza del volante, mira algo en una tablet y la esconde bajo el asiento, preparándose para salir del coche. Antes de agarrar su americana, yo ya estoy dispuesto, ganzúa electrónica en mano, para abrir su coche cuando se marche.
Actúo rápido y confiado, porque ésa es la forma más sencilla de no despertar sospechas: me dirijo hacia el coche con la ganzúa en mano, como si fuera un mando a distancia, y en pocos segundos la tecnología, tan claramente puesta al servicio del lado oscuro, hace su trabajo y consigo abrir la puerta. Rápidamente saco de la guantera el IPad, y antes de marcharme escucho el avisador de un mensaje de whattsapp y descubro un teléfono en el bolsillo de la puerta del piloto. Lo agarro, salgo y me dirijo sin mirar atrás a mi coche.
Giro la calle para salir del ángulo cercano de visión, pero en la siguiente calle un camión tapona la circulación, con lo que desde el retrovisor puedo ver el coche que he saqueado. Hago sonar el claxon para presionar al transportista, que ni se inmuta, y me resigno a esperar, vigilando a mi espalda.
Su cara delata que rápidamente es consciente de la situación, y además se lleva las manos a la cabeza, y golpea el volante con violencia. Sale del coche y se recuesta sobre al capó, abatido, hasta que algo se activa en él, va hasta la acera y marca un numero desde una cabina, quizá el de la policía o el de alguien familiar. Finalmente el camión de delante está averiado, y es tan grande el acumulo que se ha ido haciendo tras de mí, que no puedo ir ni atrás ni adelante, así que sigo viendo todo lo que está ocurriendo cual inesperado espectador de un autocine.
El chico se sienta en un bordillo, y para mi malestar, tras un rato cabizbajo, levanta la cara: llora, aprieta los puños. Se desespera.
Dentro de mi coche me siento incómodo, maldigo el tráfico de la ciudad que ha posibilitado esto. El teléfono robado vibra de repente, varias veces, voy a cogerlo para apagarlo porque imagino que es alguien a quien él ha pedido que llame, pero no es una llamada, son mensajes de Whatsapp. Es una conversación con alguien que él nombra como La chica de mi vida. No quiero leer pero los mensajes van entrando, y al ver los últimos retrotraigo la historia con mi dedo. Mierda. He pillado una trascendental discusión. Parecen, son dos recién enamorados en su primera crisis, él la pide que la perdone por su torpeza, por sus errores. Ella resiste, parece resistir, pero al final, en los mensajes que él no ha leído, ella cede.
- Ven pronto a verme al teatro, espérame en el camerino. Me dueles pero...te adoro a partes casi iguales. Vuelve esta noche, por favor- escribe ella.
Miro hacia atrás, el tipo sigue sentado allí, el camión sigue delante, de pronto se pone a llover y suenan canciones llenas de melancolía en mi spotify.
- Chica de su vida, he robado el móvil de su príncipe, pero lo dejo bajo el banco en la parada del 39, justo al lado de donde han ocurrido los hechos. Ah. Y suerte. Espero que se arreglen, que de verdad sea su príncipe.
Salgo del coche, me siento en la parada, introduzco el móvil en un hueco tras el asiento y vuelvo al coche. El puto camión, la puta crisis, las putas películas con final feliz y, sobre todo, la puta empatía.
lunes, 4 de abril de 2016
WHEN THE NIGHT COMES
¿A cuántas personas que han rozado nuestras vidas nunca
llegamos a comprender? ¿Cuánto queremos saber de los demás?
Muchas veces, las
más de las veces, creo que no entendemos porque no nos esforzamos por entender,
o porque no le dedicamos el tiempo necesario a hacerlo.
A ella parecía no importarla que no la entendieran. Pero si
la observabas, si estabas ahí cuando la noche llegaba, no podías por menos que
preguntarte sus porqués. Lo que no se ve de la chica de When the night comes.
WHEN THE NIGHT COMES
Ella era bajita, menuda, liviana. Pero no te confundas al
leerme: ésa era sólo la apariencia. Tenía otra hermana, dos años mayor, que la
llevaba a todas partes, y así la conocí. La hermana bailaba todo lo que ponían
en la discoteca, sonreía a todo el mundo, era muy conocida allá donde fuésemos,
y fuimos mucho, y a todas partes. Ella, como os decía, era el paquete, la
hermana pequeña que tienes que atender, de no ser porque, al poco de llegar, ya
llamaba la atención. Era altiva pese a su juventud, era desafiante y rápida en
sus pensamientos, jugaba al billar subiéndose por el filo, apretaba fuerte el
palo y le pegaba duro y colocado. Ahora al intentar evocarla para esta historia
imagino música de Quique González o Coque Malla, música canalla, acordes de
madrugada bien cargados de humo y cerveza en tercio.
No recuerdo la primera vez de nada a su lado, aunque imagino
que fue todo en uno, y lo que sí recuerdo es que desde ese momento fuera el que
fuese y como quiera que ocurriese, algo de ella, algo de lo que consumí de esa
vampiresa me subyugó. Cuando nos encontrábamos hacia caso omiso, no parecía
haber anidado en su corazón el mismo fuego que había colapsado mi armazón. Así
que dejé pasar el tiempo, me protegí obviándola, y volví a encajar en la vía el
tren descarrilado que su contacto había hecho de mi existencia.
Ahora que lo pienso, seguramente por eso no recuerdo esa
primera vez. La borré y cuando estaba todo en el saco de lo indefenso, volvió a
la carga.
Tenía novio. Recuerdo que lo dijo. Una sola vez, pero lo
dijo. Apareció por el tugurio del billar donde nos escondíamos de los veranos,
sin la hermana. Puso sus monedas para acceder al tapete y dos horas después
nadie la ganaba. Seguía bajita, menuda, liviana. El cuerpo de un grumete y los
ojos y el tono de un capitán, de un líder. El pecho pequeño, duro, marcado en
una camiseta de tirantes de color caqui. Una exploradora, una francotiradora.
No pude ganarla una sola partida, pero me concedió bola
extra. Esperó que el resto marchase, pagó dos cervezas y me citó en el baño.
Fui tras ella y gané recuerdos que después volvieron a perseguirme y que ya
nunca se fueron. Un sexo voraz, autoritario, de alto voltaje. Una mirada
acerada, con un fondo indescifrable, mezcla de deseo y desencuentros. Mientras
aferrada a mí crecía rítmicamente, en algún momento sentí su necesidad, su
imperioso deseo de ser reconocida, de ser querida. Fueron unos segundos. Apenas habíamos llegado y ella
ya estaba fuera, recompuesta y apurando su cerveza.
Esta vez no se marchó. Pero tampoco se quedó. Me aferró a
una rutina que no pude romper. Aparecía, sola siempre, con su camiseta de
tirantes, tiraba de mí hasta su coche y allí ponía a Gary Moore. Conducía hasta
el descampado y entonces y sólo entonces hablaba.
Me contaba retazos de una vida hecha jirones. Me hacía
ponerme en su piel, me erizaba con su historia de soledad e incomprensión.
Un tiempo después, comprendí que yo era su cuarto oscuro, el
lugar donde revelar sus fotos. Yo era su oportunidad de ordenar su distorsión
por unas horas. Y yo me acostumbré a eso. Y a esperarla. A ella, y a sus
noches.
Venia cada dos meses, aparecía, de repente, siempre a media
tarde. Yo montaba en su coche, y ella conducía hasta el bar de un amigo. Salía
de allí con seis cervezas frías y me llevaba hasta un descampado cercano. Te
diría que hablaba, pero más bien mascullaba su historia, quería contármela y
no. Quería que yo estuviese allí, atendiendo, pero realmente nunca me contaba
exactamente qué la pasaba, menos aún si yo indagaba. Entonces zanjaba la
conversación y dejábamos que la música llenase la atmósfera dentro del coche.
Y entonces, al principio lento pero luego acelerando
inexorable, llegaba la noche. Ella cambiaba la cinta de la radio del coche, y
sonaba Joe Cocker. Todas las tardes a su lado, como un ritual preconcebido,
como una necesidad que sólo puede alimentarse así, llegaba la noche y ella
ponía esa cinta. Y todas las noches, sin excepción hasta que dejó de venir a
buscarme, ella me hacía el amor bajo los acordes de When the night comes.
No me quedó ni un segundo de tristeza, ni una lágrima que
derramar cuando llegó una ausencia que yo ya sabía que llegaría. Se marchó y de
vez en cuando enfilo el camino del descampado, paro el coche, abro el portón
trastero y me siento a escuchar la música que ella me regaló. Todas las
canciones. Menos When the night comes
viernes, 26 de febrero de 2016
DETALLES DESDE LA VENTANA
Cuanto más tardas en identificar y reconocer un problema, más tardas en
acometerlo y someterlo. Mirar dentro de uno, dejar que los demás nos digan por
qué debemos hacerlo, por qué debemos salir de esa inacción, es fundamental.
Todos somos distintos y eso nos hace especiales. Aunque unos lo son más que
otros. Personas que son un detalle constante, humanos en constante y abnegado
servicio a los demás, que nunca se ponen por delante de nadie, y que quizá por eso sufren más que ninguno.
Personas detallistas que miran el mundo desde una ventana. Hasta abrirla.
DETALLES DESDE LA VENTANA
Marcos acaba de marcharse, cerrando de un portazo tan violento que aún se mueven un poco los platos que tengo colgados, recuerdo de algunos viajes que quizá no merecían más recuerdo que ése.
Cuando discutes con tu pareja a veces hay esa violencia, pero con Marcos, con mi amigo Marcos, las discusiones están elevadas a la máxima potencia. Seguramente busca en mí un efecto catártico, una especie de crisis que haga que piense en lo que él quiere que piense. Y es que Marcos, esta vez como otras, lo que quiere es que piense en mí.
Devuelvo la vida a mi IPhone, pico mis códigos, conecto Napster y dejo que la música lentamente me invada. Y luego, tras un rato, me levanto, camino hacia la ventana, giro la manilla y la abro. Y el aire que me llega es, de repente, mi aire.
+++++++++++++++++
Una hora antes, Marcos ha llamado a mi puerta, con los nudillos primero, luego a timbrazos que taladraban mis tímpanos e inundaban mi cerebro. Me huele. Tiene esa puta capacidad que tienen los buenos amigos para aparecer cuando los necesitas pero aún te niegas a reconocerlo, cuando aún estoy empapada en el llanto que guarda la crisálida de los días malos.
No me queda más remedio que levantarme, arrastrar los pies y abrirle la puerta, para luego sin mirarle enfilar de nuevo al dormitorio. Pero Marcos, ese puto amigo que viene a hurgar en tus heridas cuando aún no lo has llamado, me corta el paso y sin palabras, sólo enfrentando mi mirada, me inquiere.
Yo no voy a contarle nada, no por nada, sino porque Marcos sabe ya todo,
así que simplemente me detengo, dejo que su mirada me juzgue. Normalmente tras
un rato así, se apiada, me regala uno de sus abrazos de oso, masculla alguna
maldición y luego me elige la ropa para que salgamos a dar una vuelta.Marcos acaba de marcharse, cerrando de un portazo tan violento que aún se mueven un poco los platos que tengo colgados, recuerdo de algunos viajes que quizá no merecían más recuerdo que ése.
Cuando discutes con tu pareja a veces hay esa violencia, pero con Marcos, con mi amigo Marcos, las discusiones están elevadas a la máxima potencia. Seguramente busca en mí un efecto catártico, una especie de crisis que haga que piense en lo que él quiere que piense. Y es que Marcos, esta vez como otras, lo que quiere es que piense en mí.
Devuelvo la vida a mi IPhone, pico mis códigos, conecto Napster y dejo que la música lentamente me invada. Y luego, tras un rato, me levanto, camino hacia la ventana, giro la manilla y la abro. Y el aire que me llega es, de repente, mi aire.
+++++++++++++++++
Una hora antes, Marcos ha llamado a mi puerta, con los nudillos primero, luego a timbrazos que taladraban mis tímpanos e inundaban mi cerebro. Me huele. Tiene esa puta capacidad que tienen los buenos amigos para aparecer cuando los necesitas pero aún te niegas a reconocerlo, cuando aún estoy empapada en el llanto que guarda la crisálida de los días malos.
No me queda más remedio que levantarme, arrastrar los pies y abrirle la puerta, para luego sin mirarle enfilar de nuevo al dormitorio. Pero Marcos, ese puto amigo que viene a hurgar en tus heridas cuando aún no lo has llamado, me corta el paso y sin palabras, sólo enfrentando mi mirada, me inquiere.
Realmente, a día de hoy, no me pasa nada malo. Pero Marcos dice que sí, que lo que me pasa, que esa tendencia que tengo de encerrarme en casa y dormitar, es por mi inclinación al menosprecio.
Quizá tenga razón. Él dice que es una cuestión de educación. Aún a mi generación la educaron para jugar un papel secundario, para no ser la opinión que dicta un camino. Tenemos muchas veces tendencia a no expresar, a no parecer, a buscar pasar desapercibidas, dejamos que nuestros logros sean silenciados, o peor aún, tendemos a minusvalorarlos frente a los de otros. Y eso sin hablar de gustos, aficiones, etc.
Mi problema con Marcos es Marcos en sí mismo. Marcos comparte conmigo, vive en mis cosas y me hace partícipe de las suyas, y es por ello que, poco a poco, ha ido entrando en mí, ha ido conociendo todo. Marcos sabe que me gusta la música, no se sorprende al verme bailar, lo hemos hecho miles de veces en casa, gastando megas, comentando temas. Marcos sabe que me encantaría tocar el piano, recuperar mi solfeo. Marcos sabe que me gustaría preparar ricos platos para alguien, y continuar haciendo el amor en el sofá, para terminar durmiendo al otro en mis brazos, acariciando su cabello, con el ritmo aún veloz, pensando en que vuelva a amarme al despertar, para no sentir el vacío de una cama sin huésped.
Marcos sabe todo eso y mucho más. Sabe que el mundo me gusta en colores, que no quiero ir peinada sólo con una coleta, que adoro las montañas nevadas y el agua corriendo a mi lado. Que puedo hacer los deberes con mis hijos y al rato buscar la película que encaja con el gusto de mi amante, y que no fallaré.
Pero sobre todo, Marcos sabe, y me dice, que no hay una persona que pueda ser amiga de otro como yo lo soy. No te falta un detalle, me dice. Eres la AMIGA de las letras grandes.
Está enfadado hoy Marcos, muy enfadado. Y carga su rifle, hace su último intento.
- ¿Ves la ventana?,- pregunta- el mundo está ahí fuera. Y no te espera. Eres tú la que tienes que abrir, salir. Eres tú la que tienes que romper tus barreras. El mundo no te espera, pero se sorprenderá. ¿Sabes por qué?
Lo miro. Me mira.
- Se sorprenderá porque el mundo necesita sentir como tú sientes. El mundo necesita de tu sensibilidad. Todos pensamos que nunca llegará alguien que tenga un detalle, que nos haga sonreír, que nos llene, que nos complique también. El mundo necesita gente que le haga sentir, como sientes tú. Así que es la última vez que te lo digo: abre la puta ventana, y llena las vidas de los demás de tus detalles.
+++++++++
Así que, como antes decía, devuelvo la vida a mi IPhone, pico mis códigos, conecto Napster y dejo que la música lentamente me invada. Y luego, tras un rato, me levanto, camino hacia la ventana, giro la manilla y la abro. Y el aire que me llega es, de repente, mi aire. Mi aire, el aire de mi ciudad inundando mi casa, entrando en mi vida.
Y Marcos mirándome desde abajo, exultante. Sonriendo. Como siempre, como
nunca.
viernes, 11 de diciembre de 2015
DETALLES
Pues claro
que sí. Los polos opuestos se atraen. Los antónimos se complementan, completan
la gama, te llevan del blanco al negro. Lo diferente es lo que te sorprende y
te llega. Olvidémoslo todo. Menos los detalles
DETALLES
Yo viajaba
mucho. Bueno, en realidad no viajaba tanto. En realidad lo que ocurría era que
en la empresa salían los listados de destinos y yo me apuntaba enseguida a
alguno. Y al llegar a esos destinos, sentía un poco lo mismo que se siente
cuando conoces a un nuevo grupo de amigos, o cuando comienza una comunidad de
vecinos en una nueva urbanización, o como cuando de pequeño iba al cole el
primer día con los lápices puntiagudos y relucientes, y los cuadernos con las
hojas inmaculadas esperaban mis letras. Sentía, al llegar al destino, que todo
era nuevo, que todo comenzaba de cero, que todo eran nuevas aventuras, nuevos
aprendizajes, nuevas vivencias.
Acababa de
volver de Viena, donde un proyecto de un año me había permitido conocer más una
de las cunas de la vieja Europa, con aroma a imperio trasnochado en sus
callejas adoquinadas y encajonadas entre palacetes de aires regios. En sólo un
año había quedado prendado de esa ciudad y de sus gentes, de la música en la
calle y del carácter de ciudad abierta día y noche, tan extrañamente parecida
en algunas cosas a mi Barcelona natal. Allí se había quedado también Leonie,
una austriaca opulenta y extraordinariamente divertida que me había enseñado
todos los night-clubs de la ciudad, amén de darme cobijo bajo su edredón, en
noches que más bien eran madrugadas en las que nos amábamos casi inconscientes
tras soberbias borracheras. Leonie me acompañó al aeropuerto, me besó de forma
ardiente, por última vez, me dijo, y se dio media vuelta sin mirar atrás,
poniendo punto y final a nuestra historia sin lágrimas ni remordimientos.
Leonie era, es, e imagino que seguirá siendo en el futuro un alma libre,
incapaz para el compromiso, como lo era yo.
Acababa de
volver de Viena, y Barcelona me recibía fría, bajo una niebla mezcla de humedad
y contaminación, y al contrario que otras veces, no encontré consuelo ni
resguardo ni en mi casa. Quizá tanto tiempo fuera, de un lado para otro,
conociendo otros mundos, hacía que cada vuelta fuese más difícil, que me
resultase más complicado hacer una rutina que ya no sabía hacer, y que se me
antojaba contrapuesta a mis comienzos de nuevas vidas en otros lugares. Todo,
todo, es mucho más fácil cuando empiezas. Y así, a la mañana siguiente, ya
estaba en el despacho de arquitectura, apuntando los nuevos destinos ofertados,
deseando volar a otro lugar, devorar kilómetros, echar tierra de por medio,
tener la posibilidad de escribir un nuevo cuaderno. Y entonces escogí Ibiza. Y,
sin saberlo, te escogí a ti.
Tú me
recibiste en el aeropuerto, y como Ibiza en sí, me recibiste fresca pero
enigmática, alegre pero comedida, muy metida en tu papel de anfitriona, pero
sin salirte de un rol que parecía que te habías prefijado. Me dio la sensación
de que la primera premisa que tenía ese papel era: lo que sea, pero no te
enamores de un desconocido que baja de un avión en busca del paraíso.
Tanit me
dejó en el hotel, y los primeros días me recogía para ir a recorrer varios
proyectos que el despacho tenía en la isla: carreteras, un centro comercial,
varios trabajos menores y la joya de la corona: la nueva Marina del puerto, un
complejo extraordinario que cambiaría el pintoresco enclave pesquero por un
embarcadero que atraería nuevos amarres y puestos de trabajo a la zona.
Mientras trabajábamos me di cuenta de que Tanit odiaba el proyecto, que odiaba
lo que hacía. Profundamente ibicenca, la llegada de tanta parafernalia, de
tanto ruido y gente a su paraíso, la irritaba profundamente. Aunque asumía que
era imparable, no compartía ese destino para su lugar en el mundo. Y,
obviamente, poco a poco, yo también fui odiando ese proyecto, ese destrozo, ese
aplastamiento que a veces el progreso hace sobre las tradiciones y la cultura
de un lugar.
No tengo
que decir que me sentía atraído por Tanit. Su trato conmigo era educado, pero
sobre todo era entregado: me hacía sentir involuntariamente cuidado, atendido,
agasajado y, por qué no decirlo, me hacía sentir querido. Me llevaba por las
tardes a recorrer la isla, en coche, en bici, corriendo, buceando, y luego
cenábamos en restaurantes exóticos que a veces parecían hechos solo para
nosotros, y también que, al marcharnos, los recogerían y guardarían en algún
almacén, para sacarlos solo para dar de cenar a gente como nosotros, a gente
que escribe en hojas en blanco de cuadernos a estrenar.
Una noche
me llevó al hotel, venía riéndose de mí, me echaba en cara que llevase tres
meses viviendo allí, y que aun sabiendo que el proyecto sería largo, no hubiese
hecho ni el intento de buscar una casa de alquiler. Eres un pájaro sin nido, me
espetaba, sonriendo.
Al
marcharse ese día me dio un beso pequeño en la boca. Sus labios vibraban, podía
sentir los latidos de su corazón en ellos.
Al día
siguiente trajo una revista de una inmobiliaria local, y esa tarde cerré el
alquiler de un pequeño y coqueto bungalow frente a la cala opuesta a la marina.
No volvió a besarme, pero todos los días traía algo a casa, un adorno,
servilletas de papel de colores, unos cojines de Ikea, un felpudo de fibras
verdes para la terraza. Salíamos a cenar, y me preguntaba por mi vida, por mis
viajes, por los otros destinos, por las mujeres y hombres de otros lugares...
Tanit era el detalle hecho persona. No había nadie, no existía nadie más que yo
cuando ella me escuchaba.
Una noche
al volver a casa me preguntó qué cosas tenía en la nevera. Yogures, bolsas de
ensalada y cerveza, la dije. Se reía. A carcajadas. Y lloró de risa cuando la
dije que no había encendido nunca la cocina.
++++++++++++++++++++
Es domingo.
Lo sé porque no ha sonado el despertador y debe ser tarde porque el calor de
fuera empieza a invadir mi dormitorio. Me levanto para buscar el mando del aire
y escucho unos golpes en la puerta. Es Tanit. Con una bolsa enorme.
En un viaje
a Japón pude ver de cerca una ceremonia del té. Me hechizó la atmósfera, lo gestual,
el gusto por el detalle, por cuidar hasta la parte más insignificante del
ceremonial. Cuando Tanit abrió la bolsa y empezó a sacar cosas, ese recuerdo
oriental vino a mí, de inmediato. Porque Tanit va sacando recipientes grandes y
pequeños, y los va alineando en la encimera, mientras me explica.
Tanit va a
hacer un Sofrit Pagés, un plato típico del interior de la isla, de los
moradores más antiguos. En un recipiente trae el cordero, en otro el pollo, y
en los recipientes más pequeños, sal, comino, almendras, patatas, sobrasada...
Y aunque la cocina no es suya, rápido se hace con ella, y mientras cocina abre
un vino un olor penetrante inunda esa casa que diez minutos antes me parecía
tan insulsa.
Tanit
habla, sonríe, sofríe, me mira a los ojos y sin más ni más comienza a
desnudarme, y Tanit me hace el amor, delicada, detallista, ordenada como ese
montón de recipientes en los que ha traído todo lo que hace que el plato,
después de ese sexo iniciático, esté delicioso, y se grabe en mi memoria como
un manjar inolvidable.
Los meses
que siguieron fueron meses de felicidad intensa, malsana, descreída. Prolongué
mi estancia, pasé de un proyecto a otro, me mantuve en esa casa que parecía la
casa que nunca tuve y amé a Tanit con profundidad. Sin ambages.
Y pasó el
tiempo. Y salió un proyecto en Islandia. Y me atrajo el frío. Al principio iba
y volvía con Tanit, luego poco a poco perdí mi sitio, seguramente no quise
verme, no quise mirarme ni entenderme, no quise pararme. Y Tanit se cansó de
mis viajes, y sin dejar de querernos nos dejamos, se acabó. Unos años más tarde
Tanit se enamoró de una mujer, se despojó como solo las valientes saben de
prejuicios y se agarró a un amor que aun hoy perdura. De vez en cuando yo
vuelvo a Ibiza, o ellas vienen a verme allá donde esté escribiendo un cuaderno
nuevo. Cuando voy, ella prepara Sofrit Pagés para mí, y al entrar en su casa
siento que es la única casa que es mía aunque no haya vivido nunca en ella,
aunque sea de ellas. Siento que Tanit es mi casa.
Y así,
cuando alguien agarre todos los cuadernos que han conformado mi vida,
encontraran que de título de uno de ellos vendrá algo así:
Tanit. La
importancia de los pequeños detalles.
viernes, 6 de noviembre de 2015
ESAS TECNOLOGIAS
Esas
tecnologías que a veces son tan molestas, tan entrometidas, que han venido a
robar nuestros sueños y a hacer olvidar libros y discos, son a veces sensibles,
son a veces tiernas, son, por una vez, el principio de todo lo que realmente
importa
ESAS
TECNOLOGÍAS...
Estoy cansada, triste y enfadada, una malísima
combinación. Pero como me conozco, poco a poco me he ido retirando de las
conversaciones de los demás, me he metido en mi mundo interior, y estoy
esperando que mi tormenta pase.
Estoy cansada porque los días son largos y traen mucha
tarea. Cansa pensar qué haremos de cena, si hay que parar a comprar en
Mercadona. Cansan los uniformes con sus manchas, las extra escolares, cansa
mirar si hoy por fin llegaron las zapatillas de fútbol a Decathlon...
Estoy triste porque el agua de la piscina ya está fría,
pese a la cúpula que compramos el año pasado. Me encantaba llegar tarde y poder
bañarme casi a oscuras, en una suerte de verano sin fin, estirando mi época
preferida del año.
Y estoy enfadada porque a veces una no puede evitarlo,
y se enfada con el mundo de cerca y con el mundo de lejos, y se molesta con las
intrigas de la oficina, y con los niños y el padre y el padre y los niños, y lo
que te digo, que esos días es mejor medio borrarse, dejar que pase la tormenta,
nuestra propia tormenta.
Antes de acostarme, reviso el teléfono con las últimas
noticias, mails, whattsapp, fb, etc. y veo una notificación de Linkedin de un
contacto al que he aceptado hace un rato. En una sola frase, el tío me comenta
la alegría que le da estar conectados y me sugiere quedar para conocernos
mejor. ¿Perdona? Me aseguro de que es un contacto de Linkedin y no uno de esos
ex novios nostálgicos del año mil que de repente te recuerdan y te cambiarían
por todo lo que tienen desde el Facebook. No. Es un contacto de Linkedin. El
tío no ha debido de entender que esto no es el meetic. Dudo un poco en si
mandarlo a la mierda pero recuerdo que estoy cansada, triste y enfadada y que
va a ser mejor apagar y dormir con la esperanza de agarrar un dulce sueño.
Click.
+++++++++
En otra parte de la ciudad, esta mañana, una mañana
más, una sola mujer sola recibe una notificación por Tinder. Ella pensará que
es una más, la verdad es que ayer mismo estuvo a punto de borrar la aplicación,
se sentía extraña.
Extraña la soledad, extraña el contacto con otro que no
es el otro de siempre, el inolvidable. Cuando algo es impuesto, cuando la
decisión de la ruptura es sólo del otro, te sientes más extraña aún. Te
extrañas hasta de ti, pierdes pie, no sabes en cierta medida quién eres. De
repente es como si no tuvieses sitio en el mundo, como si se te hubiese pasado
la vez en la tienda. Desubicada sin más.
Por eso cuando alguien le contó Tinder dudó al
principio, y seguramente esas mismas dudas se confirmaron en los primeros
contactos. Otros desubicados, gente con poco que ofrecer o que ofrece solo
inmediatez y aquí y ahora con descaro. Por eso su sensibilidad se siente
extraña. Y está a punto de desechar la notificación pero esta vez la abre y ¡¡¡Chas!!!
Sorpresa.
La notificación es de una persona. Una persona
delicada, exigente, envolvente, y la extrañeza inicial se desvanece poco a
poco, la desconfianza se descongela, y ella se
zambulle de lleno en esa mágica espiral de pasión por lo y el
desconocido. Y en él de repente se encuentra a ella, se reencuentra mejorada,
vital y fresca. Ella encuentra identidad, encuentra cosas que desea contar a
sus amigos, desempolva su risa...resurge. Y eso que sabe que estuvo a punto de
darle a NO en su pantalla.
Una noche días más tarde ambas cuentan su historia
cenando con amigos. Yo estoy presente. Y me encanta ver como las tecnologías
nos aíslan y nos acercan, celebro ver que pese a que todo tiene un fin
comercial, algunas aplicaciones nos ofrecen oportunidades.
Mientras las escucho, a ambas, bloqueo desde el móvil
de la primera al inútil contacto de linkedin, mientras que desde el de la
segunda mando un beso y un me acuerdo de
ti mientras le cuento a mis amigos como eres, al príncipe azul que apareció
en la vida de mi amiga en una mañana que parecía que sería una más.
viernes, 18 de septiembre de 2015
AUNQUE TÚ NO LO SEPAS
Antes la noche ponía unos puntos suspensivos en la actividad. La vida se
iba por un rato a dormir, enfundada en un pijama común. Hoy no. Esta aldea
global ya no se acuesta a la misma hora, y por eso, mientras yo duermo, aunque
no lo sepa, están pasando cosas. Las sabré por la mañana. Porque eso sí, todos
al final dormimos. Y todos, más tarde o más temprano, al final nos levantamos.
Querría escribir. Querría comunicarme, hacerlo de la forma que mejor sé
hacer: tecleando pensamientos, desgranando espigas de letras que conforman una
historia. Pero a veces uno quiere, uno desea, y nada concreto llega.
Fui a buscar inspiración a lugares anteriormente frecuentados, hice cuarenta o cincuenta largos en la piscina, concentrándome no en mi estilo sino en mis pensamientos, en mis voces interiores. Inicié diez o veinte historias que no pude concluir, y después de todo eso, después de kilómetros de running y de insomnio, tuve que rendirme a la evidencia: no había letras, no podía comunicar. Y el blog, mi blog, languideció.
Poco a poco las visitas decayeron, sin nuevo material la gente, mis lectores, abandonaron ese refugio donde crecían antes mis letras.
Lo que más me dolía es que me había acostumbrado a sus visitas, a sus comentarios, a avisarlos por whattsapp y Twitter de la publicación de un nuevo relato. Me había quedado colgado de sus palabras de apoyo, de sus Me gusta, del calor que sentía gracias a ellos. Quería escribir y no salía nada. Y echaba de menos ese contacto.
Delante del ordenador en la terraza, tarde ya, a punto de cerrar el día, de repente de la tele encendida a modo de acompañamiento parten unos acordes que me recuerdan algo. Clara Lago canta Aunque tú no lo sepas, y lo hace de un modo tan íntimo y personal que parece que me canta a mí, ¡perdón, qué locura! No que me canta a mí, pero sí que me deja un mensaje, una señal.
Antes de terminar la canción cambio mi estado del Whatsapp, No me cansaré nunca de escuchar Aunque tú no lo sepas, escribo. El estado se actualiza, apago el móvil, me meto en la cama. Duermo.
Un rato más tarde, en otra esquina de la ciudad, Idaira examina su móvil, avanza con el dedo por su lista de contactos buscando el nombre de su ex. Idaira no va a escribirle, sólo quiere saber, y a veces los estados y las fotos de las redes hablan mucho, dicen mucho. Ella no va a escribirle, ni tan siquiera quiere saber cosas que la hagan daño, pero no puede resistirlo: cuando el dolor de la perdida es tan fuerte, cuando la soledad la come como hoy, sola en casa, se pregunta qué hará el, si estará con otra, y si la manda, como la hacía a ella, mensajes dentro de un estado, sutiles palabras en el código de dos enamorados. Ella no quiere hablar, no va a escribirle, pero necesita saber, y avanza entre los contactos hasta llegar al suyo, más para su alivio permanece la misma foto y el mismo estado anodino de hace unas semanas. Y antes de cerrar la aplicación, justo al lado en la lista, encuentra mi estado, rememora la canción, abre Spotify y la pincha. Y dos lágrimas gordas que nadie va a impedir que se desprendan caen por sus mejillas mientras me escribe un mensaje: ¡Qué cabrón eres! O lo mismo soy yo que estoy muy tonta, pero me has hecho emocionarme y eso sin que me envíes uno de esos relatos tuyos tan deliciosos. Un beso campeón.
En otra ciudad, lejos, Bárbara ha conseguido lo que buscaba. Hoy casi todo está en la red, y buceando, ella ha encontrado mi número de teléfono. No hay un interés malsano en ello, seguramente Bárbara nunca me llamará, pero yo soy ese chico que llegó un verano a su vida y que la dejó un trocito de su corazón mientras la robaba un cachito del suyo. Esos recuerdos se medio olvidan con los años, se aviejan y normalmente se pierden, pero otras veces quedan ahí, y en algún momento afloran. Todos hemos pensado alguna vez qué habrá sido de tal o cual amigo, de aquel amor, de aquellas vacaciones... Bárbara no es una extraterrestre, y justo hoy encuentra mi teléfono, y me graba, y lee mi estado. Yo creo que como en la canción, Aunque yo no lo sepa, ella me piensa, me da un abrazo imaginario. No llamará ni esta noche ni nunca, quizá porque es consciente de que no es ni soy ni somos lo que fuimos, y es más bonito revivir el recuerdo que una realidad forzada.
Sonia me escribe nada más leer el estado. Me manda otra versión de la canción, tuitea el título y lo comparte en otras redes, y Aunque tú no lo sepas se convierte esa noche, mientras duermo, en la canción más escuchada si eso pudiese medirse así como así. Porque Sonia es Sonia la de las redes, y muchas de sus cosas se hacen vírales, y ella tan contenta, y me escribe para contarme los recuerdos que tiene de esta canción, de cuando abríamos la vida los viernes por la tarde y la bailábamos por el sábado para devolverla a casa los domingos.
Es curioso porque la letra de esa canción me recuerda a ese amor que pudo haber sido y no fue, a ese que pica pese al paso del tiempo, el que te reconoce un amigo una noche tras todas las copas, el que de ser tan cierto dio miedo y tras alejarse no pudo recuperar. A esos amores todos podríamos cantarles una canción que empezase como empieza ésta: Aunque tú no lo sepas.
Y así, sin querer, pasa la noche y yo enciendo el móvil al despertarme. Y aunque yo no lo sepa, todo esto ha ocurrido en mi ausencia, y me sirve para, por fin, escribir, escribiros, me permite contar una historia con varias historias dentro. Aunque eso sí, tu, tu aún no lo sepas.
Fui a buscar inspiración a lugares anteriormente frecuentados, hice cuarenta o cincuenta largos en la piscina, concentrándome no en mi estilo sino en mis pensamientos, en mis voces interiores. Inicié diez o veinte historias que no pude concluir, y después de todo eso, después de kilómetros de running y de insomnio, tuve que rendirme a la evidencia: no había letras, no podía comunicar. Y el blog, mi blog, languideció.
Poco a poco las visitas decayeron, sin nuevo material la gente, mis lectores, abandonaron ese refugio donde crecían antes mis letras.
Lo que más me dolía es que me había acostumbrado a sus visitas, a sus comentarios, a avisarlos por whattsapp y Twitter de la publicación de un nuevo relato. Me había quedado colgado de sus palabras de apoyo, de sus Me gusta, del calor que sentía gracias a ellos. Quería escribir y no salía nada. Y echaba de menos ese contacto.
Delante del ordenador en la terraza, tarde ya, a punto de cerrar el día, de repente de la tele encendida a modo de acompañamiento parten unos acordes que me recuerdan algo. Clara Lago canta Aunque tú no lo sepas, y lo hace de un modo tan íntimo y personal que parece que me canta a mí, ¡perdón, qué locura! No que me canta a mí, pero sí que me deja un mensaje, una señal.
Antes de terminar la canción cambio mi estado del Whatsapp, No me cansaré nunca de escuchar Aunque tú no lo sepas, escribo. El estado se actualiza, apago el móvil, me meto en la cama. Duermo.
Un rato más tarde, en otra esquina de la ciudad, Idaira examina su móvil, avanza con el dedo por su lista de contactos buscando el nombre de su ex. Idaira no va a escribirle, sólo quiere saber, y a veces los estados y las fotos de las redes hablan mucho, dicen mucho. Ella no va a escribirle, ni tan siquiera quiere saber cosas que la hagan daño, pero no puede resistirlo: cuando el dolor de la perdida es tan fuerte, cuando la soledad la come como hoy, sola en casa, se pregunta qué hará el, si estará con otra, y si la manda, como la hacía a ella, mensajes dentro de un estado, sutiles palabras en el código de dos enamorados. Ella no quiere hablar, no va a escribirle, pero necesita saber, y avanza entre los contactos hasta llegar al suyo, más para su alivio permanece la misma foto y el mismo estado anodino de hace unas semanas. Y antes de cerrar la aplicación, justo al lado en la lista, encuentra mi estado, rememora la canción, abre Spotify y la pincha. Y dos lágrimas gordas que nadie va a impedir que se desprendan caen por sus mejillas mientras me escribe un mensaje: ¡Qué cabrón eres! O lo mismo soy yo que estoy muy tonta, pero me has hecho emocionarme y eso sin que me envíes uno de esos relatos tuyos tan deliciosos. Un beso campeón.
En otra ciudad, lejos, Bárbara ha conseguido lo que buscaba. Hoy casi todo está en la red, y buceando, ella ha encontrado mi número de teléfono. No hay un interés malsano en ello, seguramente Bárbara nunca me llamará, pero yo soy ese chico que llegó un verano a su vida y que la dejó un trocito de su corazón mientras la robaba un cachito del suyo. Esos recuerdos se medio olvidan con los años, se aviejan y normalmente se pierden, pero otras veces quedan ahí, y en algún momento afloran. Todos hemos pensado alguna vez qué habrá sido de tal o cual amigo, de aquel amor, de aquellas vacaciones... Bárbara no es una extraterrestre, y justo hoy encuentra mi teléfono, y me graba, y lee mi estado. Yo creo que como en la canción, Aunque yo no lo sepa, ella me piensa, me da un abrazo imaginario. No llamará ni esta noche ni nunca, quizá porque es consciente de que no es ni soy ni somos lo que fuimos, y es más bonito revivir el recuerdo que una realidad forzada.
Sonia me escribe nada más leer el estado. Me manda otra versión de la canción, tuitea el título y lo comparte en otras redes, y Aunque tú no lo sepas se convierte esa noche, mientras duermo, en la canción más escuchada si eso pudiese medirse así como así. Porque Sonia es Sonia la de las redes, y muchas de sus cosas se hacen vírales, y ella tan contenta, y me escribe para contarme los recuerdos que tiene de esta canción, de cuando abríamos la vida los viernes por la tarde y la bailábamos por el sábado para devolverla a casa los domingos.
Es curioso porque la letra de esa canción me recuerda a ese amor que pudo haber sido y no fue, a ese que pica pese al paso del tiempo, el que te reconoce un amigo una noche tras todas las copas, el que de ser tan cierto dio miedo y tras alejarse no pudo recuperar. A esos amores todos podríamos cantarles una canción que empezase como empieza ésta: Aunque tú no lo sepas.
Y así, sin querer, pasa la noche y yo enciendo el móvil al despertarme. Y aunque yo no lo sepa, todo esto ha ocurrido en mi ausencia, y me sirve para, por fin, escribir, escribiros, me permite contar una historia con varias historias dentro. Aunque eso sí, tu, tu aún no lo sepas.
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