domingo, 5 de abril de 2015

EL SUEÑO DE PACO

Es obvio que cuando las cosas te cogen cerca se sienten más, se interiorizan. Y yo creo que las personas que escribimos tenemos una obligación: la de contar lo que otros han pasado, la de hacer de exorcistas. Con una idea en la cabeza: la de que este relato sirva en cierta manera para cerrar una etapa. Para que Paco tenga, al fin, otros sueños.

 
 
 
 
EL SUEÑO DE PACO


Paco hace cuentas mientras toma una cerveza con limón. Desgraciadamente la mayoría de las veces que las personas echamos cuentas es porque los números no cuadran. Contamos dinero virtual, pero en realidad bajo esos números se aloja la angustia, la desazón, la inquietud y a veces hasta el miedo.

 Paco no fuma pero hoy fumaría. Sale a la micro terraza de su mini casa y se apoya en la barandilla, meditabundo. Es reflexivo, es cabal Paco, no se ha tirado ni una vez en su vida sin paracaídas. Se debate, se rebate, los números y las razones parecen escaparse por un segundo. Da la espalda a la vista de la calle y contempla el interior del salón, ahora ridículamente invadido por una cama de matrimonio. Por un segundo, sonríe ante su propia locura, ante su propia osadía. Y entonces decide que las cuentas no cuentan con los hermanos, con los padres, con los amigos. Que las cuentas no saben de pasiones ni entregas ni de abnegaciones ni devociones. Paco va a lanzarse, pero hoy, antes, entra en el salón y se prepara para dormir.

 +++++++++++++++

 El día anterior por la mañana comenzó pronto. Suena el telefonillo y su hermano aparece en la puerta, gruñendo, mascullando. Entre los dos comienzan a retirar cosas del salón, la mesa, las sillas, el aparador...El hueco, el vacío dejado es ocupado por la cama que estaba en la otra habitación de la casa. Al terminar, ambos contemplan el aspecto de la sala y el hermano masculla: No va a funcionar. Paco calla un momento. Sabe que no pero... ¿y si?

 +++++++++++++++

 El aroma del café recién hecho llena la minúscula cocina-pasillo donde Paco ha colocado tres sillas. Suena la puerta, él se muerde de nuevo el labio, dibuja una sonrisa y abre la puerta. Las psicólogas entran, no quieren sentarse, quieren ver la casa. Paco les enseña la habitación, su habitación vacía. A ellas las gusta, y él se ilusiona. El baño, la cocina, y por último el salón/habitación. Ellas se miran, al principio como confundidas, hasta que una de ellas rompe el silencio.

 - Paco, esto no es una habitación. Es el salón. Si quieres iniciar un proceso de adopción, necesitas dos habitaciones, una para el futuro adoptado y otra para ti. Y un salón o un cuarto donde pueda jugar, hacer los deberes, ver la tele, hacer vida familiar.

 
Paco baja la cabeza, espera el golpe, lo encaja antes de que llegue. Lo entiende.

 - Paco, estás capacitado para el proceso, pero necesitas otra casa, un hogar que acoja al crío. Aguantaremos la decisión hasta que la tengas o desistas. Buenas tardes.

 ++++++++++++++

 Cuatro días después suena el telefonillo, y el padre de Paco aparece, gruñendo, mascullando. Abajo, en la calle, el hermano y un amigo gruñen, mascullan, la furgoneta alquilada abierta. Comienza la mudanza. Esa misma noche al cerrar por última vez la puerta de su primera casa, Paco siente como si la traicionara, como si la abandonase por perseguir un sueño. Durante la noche, tumbado en la cama que dos noches antes estaba en una habitación, anoche estaba en un salón, y hoy es el único mueble de una nueva morada, Paco siente el pinchazo de la pena, la quemazón de la incertidumbre, y el nerviosismo de la espera.

 ++++++++++++++++

 Un mes después, un mes como un año, como una década, Paco tiene los papeles en regla. El último esfuerzo, pedir a los amigos una pequeña aportación para pagar la sangrante traducción al idioma del país donante de todo el expediente a enviar. Y es que las cuentas, frías como casi siempre, no habían terminado nunca de cuadrar.

 La funcionaria sella el abultado sobre con los documentos, y lo deposita en una valija. Así, sin más, comienza una espera que inunda la vida de Paco, que momentáneamente la paraliza, la subyuga.

 +++++++++++++++++

 "Estimado Sr. Paco:

 La legislación, el régimen de regulación de adopciones en nuestro país ha cambiado, y ya no autoriza llevar adelante procesos de adopción a familias monoparentales. Atentamente..."

 ++++++++++++++++++

 Paco tiene un gato. Y por una razón justa pero misteriosa el gato adora a Paco. Las cuentas salieron, salieron bien, desafiaron a todo, se ajustaron. Los amigos, los padres, el hermano...todos están, siguen. Y sigue la cama, la que viajó, la que tuvo tres habitaciones en tres días.

 Pero cada vez que un padre o una madre hacen daño a sus hijos, cada vez que escucho cosas atroces que ocurren en el mundo y ocurren muchas, no puedo evitar pensar porqué Paco tiene que tener un gato, y no un precioso loco bajito.

lunes, 23 de febrero de 2015

CARTA DE AMOR DE ROMPETECHOS


Creo que todos tuvimos ese amor que revolucionó nuestras vidas, ese que se vive intensamente, el que parece dispuesto a no morir nunca y que al final a veces de forma inexplicable se volatiliza de forma abrupta, dejando en uno o en ambos un sufrimiento inconmensurable, una incomprensión extrema y duradera. En esa disyuntiva angustiosa sueles tener, como casi siempre, dos opciones en la vida. Una es olvidar. Todo. Entero. Tragarlo. La otra es negarse a hacerlo. Y aprender a vivir con ello. Todos tenemos a alguien que pudo haber sido y no fue. Aunque te parezcas a Rompetechos.

 
CARTA DE AMOR DE ROMPETECHOS


Quizá sufras amnesia, uno de esos episodios que se producen tras un trauma importante, y que son más propios de las películas malas de mediodía, esas que sólo aportan angustia.

Bueno, mejor aún, quizás...quizás has ido a una sesión de hipnosis, una de esas de las que ofrecen dejar de fumar en una sesión, o que van a descubrir lo mejor y lo peor de ti para que te quieras mucho más y eso te haga más fuerte.

Espera, espera... A lo mejor, puestos a elucubrar, a lo mejor el problema está en mí. Quizá todo lo que pasó no pasó. Quizá me he tirado años soñando esta historia, una noche
y otra también el mismo sueño, las mismas vivencias, y las he hecho mías, las he interiorizado. Quizás es eso, quizá he somatizado mi deseo de tenerte, mi anhelo de tenerte.

Pues no. No te digo yo que no se olviden cosas, no te digo que siendo como soy no haya olvidado algún nombre, alguna calle, o cuándo ganó el Madrid la última Liga... No te digo yo que si no me hago una lista de las cosas que hay que comprar en el híper no se me vayan a olvidar la mitad, o al menos la más necesaria. A veces he ido a por algo en concreto y he comprado de todo menos eso. Me he dejado mis gafas de culo de vaso en probadores de tiendas, en cines y por encima de las mesas de muchos bares mientras tomaba el aperitivo, he llamado cien veces Carlos a un tipo
supereducado de la oficina que se llama, ya confirmado, Juan. He prometido asistir mañana a la firma de libros de una amiga escritora y me he presentado pasado mañana en una librería casi vacía...

Soy un charlatán, un contador de cuentos y de estrellas, un mindundi, un tipo de corazón caliente y mente dispersa. Ya te he dicho que soy miope y las canas que me invadieron hace dos años se están retirando para no dejar nada en mi absurda cabeza de chorlito.

Soy un papanatas y un
soplagaitas, un místico trasnochado, un pedazo de friki que se disfrazaba en la movida madrileña, y posiblemente me he pasado de todo, y por eso ahora en esta bola de billar que tengo por cabeza apenas queda esperanza para albergar grandes ideas, apenas conservo ya esa chispa juvenil, y he pasado por ese camino que otros pasan, y en el que comienzas siendo el rey, o al menos, el príncipe de tu micromundo, para convertirte en un lacayo del mundo de verdad, con sus corsés y sus clichés.

He pasado por todo eso. Soy hoy lo que soy. Y me ha tocado aceptarme como soy. Aceptar que no se puede ganar siempre. Aceptar que en la vida siempre tendrás al menos un enemigo que quiere morderte. Comprender que la edad es inexorable y que deteriora tu condición....

Soy el tipo de las gafas de culo de vaso, tengo mil defectos y pequeñas virtudes sin importancia, y además ya me he rendido y apenas tengo fuerzas para cambiar mi destino, para influir en el mismo.

Si, soy todo eso pero...¿sabes? Yo no he sufrido amnesia. Y sí que he ido al terapeuta, bueno, en realidad no he dejado nunca de ir desde que en el colegio me pusieron Rompetechos y me jorobaron la existencia, pero mi terapeuta nunca me ha pedido que olvide, que pase página. Me ha pedido otras cosas. Pero nunca me ha pedido que te olvide, ni que olvide lo que pasó. Y si lo hubiese hecho, si me lo hubiese pedido, aún con la excusa de que eso mejoraría mi salud mental, me habría negado en rotundo a hacerlo. Puedo haber aprendido a no ganar siempre. Puedo haber aprendido algo sobre cómo querer a ese tío feo que veo cuando me enfrento al espejo. Lo mismo hasta he aprendido a ser otro en mí. Pero reitero, no he aprendido a olvidarte, ni a olvidar lo que pasó. Y por eso hoy te escribo esta carta. Te escribo para decirte que lo que se vive con intensidad, con arrobo, sin respiración, eso no se olvida. Te escribo para decirte que puedes refugiarte en tu amnesia o en los resortes que hayas aprendido, que puede que eso sea hoy para ti lo mejor. Es posible que hasta los fuegos eternos sean un día ceniza. Es posible que hayas sido capaz de minimizar una realidad, o incluso es posible que el tiempo haya deformado algunas partes como las películas antiguas que se guardaban en latas.

Me da igual. Es más, debería permanecer callado. Debería observar impertérrito cómo parece que no viviste ese momento.

Puedes, pues,
continuar negándonos. Yo no lo haré. No haré eso con mis recuerdos. No viviré en ellos, pero no los negaré.

Soy miope, torpe, charlatán y ahora también soy un calvito nostálgico. Pero no niego que
nos amamos. Como si no existiese un mañana. Y no. No lo olvidaré.

 

 

jueves, 5 de febrero de 2015

EL CAMINO DE LOS INGLESES


El más moreno parece el más perjudicado, el menos sano. La piel está curtida por el sol y el viento, por las inclemencias, por los excesos. Es cobriza, parece quebradiza como el hojaldre, como si pudieras apretarla y fuera a romperse, dejando el camino libre hacia sus vísceras.

El otro es pálido, no es blanco, es ceniza, es del color que queda en la chimenea que se ha consumido durante la noche. Los ojos son dos cavernas con dos puntitos brillantes, vivos. Lo único que realmente parece vivo.

Los dos están sentados en sendas sillas de ruedas, y se apoyan en el plástico desvencijado que conforman sus reposabrazos. En ambos casos, junto a las ruedas, hoy, y todos los días cuando los observo, descansan sendos cartones de vino barato.

Hoy hablan, gesticulan animadamente, incluso se ríen. Y yo siento una curiosidad insana. Y es que desde mi coche, tras dejar a mis niñas en el cole, quiero todos los días comprender cómo alguien llega a esos extremos, hasta qué punto puede descarrilarse una vida. Desde mi aparente bienestar, trato de imaginar las vidas de los que todos los días surcan esa suerte de camino de los ingleses que duermen y malviven en el albergue del ayuntamiento.

Todos los días, al observarlos, un escalofrío me recorre. Y pienso que me gustaría saber qué los llevó hasta allí. Para asegurarme de no hacerlo

EL CAMINO DE LOS INGLESES

He vuelto a despertarme con la cama mojada de mi propio orín, pero el caso es que ya ni siquiera me importa eso. He aprendido a no preguntarme, a no justificarme. He aprendido a rendirme, sin más. Por eso me da igual estar meado que no, me da igual.

La asistente social que ayuda a los más inválidos se acerca a mi cama, y me riñe. Ella interpreta que esto tendrá algún efecto sobre mí, piensa que si me riñe no me acostaré cada noche sin conocerme, sin ser yo en mí. Ella no sabe que ya no soy, que ya no cambiaré, y que prefiero no saber ni cómo consigo tumbarme en esa cama al terminar el día.

Sólo quiero tener algo de dinero a diario para poder beber, para poder comprar mi vino y mis latas de cerveza en la bodega más próxima al albergue. Quiero salir, ir con Paco hasta allí, comprar y volver a la puerta, a esperar que de nuevo pase el día y abran y duerma y mañana vuelva a hacer el camino. Lo demás no importa, ya no está, ya no duele. He traspasado la barrera, no hay ni retorno ni remordimiento, sólo esta rutina que no duele porque es insípida, que no es sufrida porque no tiene otras vicisitudes adversas que las de los dos días a final de mes que no tengo para ir a comprar.

Paco está igual, por eso nos llevamos bien. No hace preguntas incómodas, está poco rato callado y siempre tiene chistes nuevos que me cuenta hasta que se hacen viejos. Hasta ese momento, cada vez que los cuenta nos descojonamos, lloramos de risa.

Tampoco él quiere hablar de su historia, de su vida. Si algún día lo hace es para contarme algún recuerdo bonito, algo referido como esporádico, destellos de otra vida que algún día se malogró. En algunas mañanas frías a veces nos miramos y los ojos se cuentan casi todo: somos indigencia, el final de una cadena. Dos tipos en silla de ruedas, dos minusválidos de la vida, dos mierdas. Pero en ese momento, tras esa mirada, Paco se marca su último chiste, y volvemos a partirnos de risa.

Nunca hay silencios largos, ambos los rehuimos. El silencio acerca hasta nuestras sillas el pasado que olvidamos, los recuerdos de seres queridos que queremos obviar. El silencio es a veces pasado y otras es una parada que te obliga a pensar en un futuro que no queremos conocer, o que ya conocemos.

El autobús que nos lleva todas las mañanas a ninguna parte aparca como siempre a las puertas del centro, con su cartel de transporte gratuito. Lo pusieron hace unos meses, y aunque no lo reconocen, lo pusieron para obligarnos a no estar en la puerta todo el día, pegados a la puerta del centro, con todos los conductores que nos observan curiosos cuando les coge el disco rojo del semáforo. Hasta modificaron la acera para que cupiese, y de paso nos quitaron nuestro solárium, como lo llamaba de coña Paco. Así que todos los días llega, y se lleva a todos los indigentes menos a estos dos tullidos a los que han permitido que opten por quedarse en la puerta a ver la vida pasar.

Y allí estamos, como cada mañana, esperando a que el autobús eche un poco marcha atrás para salir de su plaza de aparcamiento para nosotros bajar a la carretera para ir a la bodega a por unos brik de vino.

La ducha de agua caliente de la asistente social me ha terminado por adormilar, y cierro los ojos unos segundos mientras los compañeros terminan de subir al bus. No escucho el ruido de la silla de Paco, no lo veo acercarse a la trasera del autobús, no sé si su gesto ha sido intencionado. Sólo alzo la mirada cuando escucho gritos y golpes desde dentro del autobús, que ya había dado marcha atrás para salir.

La silla está tirada en el suelo, y Paco yace bajo las ruedas. Las puertas del autobús se están abriendo, el conductor ha sentido que algo golpeaba en la maniobra. Antes de que ellos lleguen yo ya sé que Paco ha muerto, aún sin acercarme, aún sin poder hacerlo.

Lentamente levanto los seguros y desactivo los frenos de la silla y, dándole la espalda al autobús y al suceso, comienzo a subir la cuesta hacia la bodega. Y no me cae ni una lágrima. Porque hace mucho que no me quedan.

lunes, 15 de diciembre de 2014

MOSCAS



A veces uno quiere escribir sobre lo que sea y no le sale nada. Y otras veces llegan dos moscas y zas!!!... lo que no quería salir, aparece como una curiosa historia.


 
 

MOSCAS

He cogido un folleto de papel más rígido que el de los folios normales, lo tengo aquí, al lado de mi mano, y he encendido la luz más cercana para conseguir atraerla y poder golpearla hasta la muerte. La escucho volar, oigo el ruido molesto de sus giros nerviosos, y estoy deseando que se acerque para devolver el silencio a la estancia.

Mientras espero para asestarla el golpe, releo la historia del Hotel que trae el folleto. Es un castillo transformado, una residencia palaciega que fue viniendo a menos, y que conserva su encanto. Intramuros vivieron su amor un obispo y una cortesana, y por eso tiene el sobrenombre de Castillo del Buen Amor. Mi habitación tiene una gran terraza que no disfrutaré por dos razones. Una porque la asola un aire polar y es noche cerrada, y la otra porque he llegado de noche y partiré de nuevo antes de amanecer. Pero no he podido resistirme a salir a verla, sobre todo porque la chica de recepción ha insistido en que era muy bonita.

Al fin la mosca se acerca a la luz, se mete dentro de la tulipa de la lámpara de pie y al salir armo el brazo y el folleto va cayendo como guillotina. En ese instante, por el rabillo del ojo veo que no es una mosca, que hay dos juntas, que son una pareja. Demasiado tarde. El folleto alcanza de pleno a la primera, la fuerza la estrella contra el suelo, intenta mover las alas en un último esfuerzo pero justo después se queda inmóvil, muerta.

La otra mosca, más grande, una mosca que se parece más a un moscón, se posa al poco en el suelo, se acerca poco a poco hasta la fallecida, la huele, la toca con una pata para comprobar su estado. Parece abatida, pero alza el vuelo y su zumbido llena de nuevo la habitación.

Después del primer mosquicidio, mis remordimientos me impiden cargármela así como así, con lo que diseño una estrategia para quitarme a aquel moscoso galán de encima.

Apago todas las luces, para que cuando abra mi luz no sea la única en kilómetros a la redonda, abro de nuevo la puerta de la terraza, y espero pacientemente un rato, a ver sí dejo de escucharlo y se marcha.

Entra un aire gélido, comienzo a tener frío, decido cerrar y ver si he conseguido mi propósito.

Enciendo la luz tras atrancar la puerta, y observo con estupor que nuevamente hay dos moscas revoloteando por la habitación, girando voluptuosamente la mosca, lanzándose a picados y requiebros imposibles el re ilusionado moscón. Agarro con fuerza el folleto del hotel, y busco una posición estratégica para lanzar mi ataque, pero mientras lo hago, reflexiono sobre la crudeza de la situación. Me he cargado a la mosca que el aguerrido moscón perseguía antes de colarse ambos siguiendo la luz tras abrir la terraza, después he querido sacarle al frío a que purgase su dolor, y ahora que vuelve a tener posibilidades de conocer el amor y volar junto a una nueva pretendiente, quiero cargármelo con un folleto que habla sobre el Castillo del Buen Amor.

Llámame cursi, romántico, bobo o imbécil, pero me ha dado pena de repente. Amar o poder tener la oportunidad de hacerlo es tan bonito, que he sacado unos tapones que nunca me pongo para dormir pero que siempre llevo en mi kit de por sí acaso, y he cerrado las luces y los ojos para que mis nuevas mascotas puedan hacer honor al nombre del castillo.

martes, 4 de noviembre de 2014

LO QUE TENGO QUE DECIR

Seguramente aburra. O sea trasnochado a estas alturas. Pero hemos llegado hasta aquí, y ni siquiera sabemos si está todo visto o a los de la calle nos queda mas por ver. Bueno, yo al menos no quiero ser hipócrita o fariseo. Por eso en LO QUE TENGO QUE DECIR se esconde una indecisión. La de no saber, llegado el momento, si yo reaccionaría igual, pese a detestarlo.




LO QUE TENGO QUE DECIR

  Lo que más recuerdo de aquellos días es la falta de apetito. Las noches en vela, con la cabeza volviendo una y otra vez sobre los hechos. Sabía que pasaría. Tuve la certeza de que iba a ocurrir cuando vi que ya éramos demasiados comiendo del mismo pastel. Demasiadas conexiones, demasiado descaro en algunos, muchos cabos sueltos de los que alguien podía tirar.Dos golpes con los nudillos en la puerta del despacho, unas caras que no me son conocidas, el rostro descompuesto de mi secretaria... 

Recuerdo que camino del juzgado iba repasando mi vida, iba entregado, reo, iba culpable. El estómago parecía tomado por esas abrazaderas que estrangulan hasta hacer sangrar. La boca me sabía a metálico. Los recuerdos que van cayendo como cae la tapa de un féretro, y cada uno de ellos, como si de un clavo más se tratase, va martilleando mi cabeza, me va matando en vida, y eso alimenta mi miedo atávico, mi resignación. Porque sabía que pasaría.

Nunca me quedé sin asiento de vuelta de las discotecas en el taxi que nos devolvía a casa. Siempre supe guardar ese dinero vital, el que te hace aprovechar hasta el último momento la sesión de tarde en la disco, esas monedas que te pueden hacer llegar en hora a casa, eludiendo la charla de tus papás. O tenía el dinero o el amigo que me prestaba, y siempre sonreía al ver cómo otros se quedaban y tenían que hacer el largo peregrinaje a casa en metro o en bus, para llegar finalmente tarde y quedar castigados.

Siempre supe que todo tiene un precio y varios caminos, y si compraba un jamón para la cesta de Navidad de mis empleados, el de ellos era cebo y el mío bellota, y el mío gratis, que para eso le encargaba cien jamones por Navidad. Sobornar es algo exponencial. La primera vez lo haces casi como sin querer, como el que de repente en mitad del bosque descubre el atajo y se lanza, aunque esté lleno de peligros. Después eres consciente, y lo interiorizas y, lo peor de todo, es que lo sistematizas. Un cuñado para Medio ambiente, un restaurante donde facturo lo que no como hoy pero quizás si tenga que comer mañana, un concurso público a dedo, una vida de luces y relumbrón, de amigos eternos fugaces o fugaces eternos. He adjudicado obras a patanes que sólo me importaban por su tanto tienes, tanto vales, he cerrado emisoras críticas para dárselas más tarde a gente afín que conozco desde el colegio. He hecho tanto y tanto mal que ni siquiera me justificaba ya a mí mismo. Era un ladrón, un mentiroso. Uno de esos a los que pillan antes que a un cojo. 

Por eso ese día sabía que pasaría. Que vendrían a por mí, con su orden de procesamiento. 

En el calabozo, lo que sentí fue que todo había acabado. Confesaría, pagaría mis penas. Me sentí como el alcohólico o el drogata que han decidido dar el duro paso de desintoxicarse. En cierto modo, en el calabozo sentí resignación. Era tan obvio, tan imposible de mantener, de esconder, que lo único que pensaba es cómo y cuándo iba a empezar a pagar por aquello. Todo eso sentía, hasta que llegaste tú.

Nos sentamos frente a frente, y me explicaste que el partido te mandaba, que no te dejaba solo, que sabían que eras inocente. Yo sonreía incrédulo, sin decir una palabra.

- Voy a decirte qué es lo que tienes que decir cuando prestes declaración. 

Y así, sin más, sin necesidad de escuchar mi versión, me fuiste contando unos hechos que acabaron siendo míos. Una negación de lo que unas horas antes, en la soledad del calabozo, yo entendía como mi confesión, como mi enfrentamiento con la realidad. Fuiste la mano que te agarra en el borde del precipicio, la voz familiar que te tranquiliza, dibujando un mundo engañoso pero mejor, tejiendo una maraña que poco a poco hice mía, y que me ayudó a olvidarme de lo realizado y a creerme inocente, obviando desmanes y chanchullos. 

Salí reforzado de aquello, y mientras otros pagaron por ello, yo pude escapar indemne para así vender mi integridad y mi inocencia a la conclusión del proceso.
Volver al despacho y delinquir de nuevo fueron casi símiles cronológicos, pero ahora mis ansias eran renovadas, me sentía fortalecido, me sentía casi justificado.

Ahora, sentado de nuevo en un calabozo, no tengo esa perdida de apetito de la primera vez, mi cabeza no bulle, y no voy a entregarme a una confesión abierta.

Hoy no. Porque sé que en un rato se abrirá la puerta, y tu entraras a decirme qué es lo que tengo que hacer para volver a salir impune. 




jueves, 18 de septiembre de 2014

Me gustaría que Desencuentro fuese tan sólo el primero de una serie de tres relatos que tengo en mi cabeza desde hace tanto que pensaba que nunca los terminaría escribiendo. Pero han salido, están aquí, y me gustan porque he leído que un buen escritor tiene, debe saber contar cosas que no le han ocurrido, porque contar lo que te ocurre no es ser escritor, es otra cosa.

En Desencuentro hay belleza, hay noches en vela y hay reflexión. Y dos seres humanos excepcionales que aún no saben, por su juventud, que cuando hagan repaso de sus vidas descubrirán que, al menos, no se van de este mundo sin haber experimentado la maravillosa sensación de haber amado.




DESENCUENTRO UNO



Al acostarme ayer tuve un presentimiento que después invadió mi sueño en algún momento: iba a verte, a encontrarte. Mañana mismo.

Hoy ya es mañana y me levanto con ese convencimiento. En algún cruce, en la esquina de una plaza, en la cafetería de siempre. Hoy voy a verte y me sorprendo a mí mismo porque esta vez creo estar preparado para el encuentro.

Al principio no. Después de nuestro sueño común no quería, no sabía, no podía volver a verte, quería no saber y no ser, quería nada de nada. Pero era difícil, es difícil si la vida de dos que eran uno se separa de repente. Los lugares que eran nuestros, los amigos, tuyos y míos, nuestros, la universidad, con las dos facultades frente por frente. Yo quería no estar, no ser, no afrontar, no entender, no querer...pero no. No te esperaba en la cola de la fotocopiadora pero la de atrás en la cola eras tu. No salía por el campus, no corría por la ciudad deportiva, no comía en la cafetería...pero entraba en un ascensor a punto de cerrarse y, joder, estabas tu.

Al principio si nos encontrábamos por casualidad a solas me acercaba a besarte, dos besos, un abrazo grande y un espero que estés bien, cariño. Si el encuentro era con gente, ni eso siquiera. En el consejo universitario, en salas pequeñas donde discutíamos en comités de lo absurdo, mi silencio era incómodo, tan extraño en mi que parecía algo obvio que ocurría algo. Porque yo era pura vida, y estar sin tí, decidir que no y que no, había sido la decisión más difícil de tomar.

En esas decisiones siempre juega un papel fundamental el miedo, la cobardía. Ella me miraba a la cara, a los ojos, con esos ojos tan limpios en su negrura, tan cristalinos en su blanco. Me miraba y me hablaba lento, me desnudaba, me decía lo que yo sabía y no quería saber. Sabía que ése era el tren, que ése era el salto. Pero no salté. Y a partir de ese momento, muy poco a poco, vas engañándote, generas excusas que puedes creerte, terminas justificándolo, justificandote. Terminas mirando para otro lado.

Y el tiempo pasa y el ayer que se hacía hoy hace unas líneas es el día que me engalano porque sé que voy a verte, porque creo que ha llegado el momento de verte y aceptarte como una que ya no es mi una. Creo que podré mirarte sin romperme, sin morirme, sin gritarme. Creo que lo he superado y por eso camino distraído y sonriente, escuchando música en los cascos.

Allí estás. Sentada en el banco que está en la mitad de camino de las dos facultades, fumando un cigarro, pensando, mirando sin ver nada. Al principio parece que mi cerebro responde sereno, sigo caminando, me acerco: el pelo negro, brillante, fino. La nariz respingona, la boca entreabierta, el colgante reposando en el pecho. Te he visto en cientos de chicas desde entonces, he creído verte a cada momento, cada vez que delante mía caminaba una mujer de pelo oscuro y liso, suave. Y cada vez que eso ocurría, el corazón se me encogía, y una bola invisible me pegaba bajo el pecho, cortándome hasta el aliento.

Hoy no, hoy me acerco protegido por mi música y por el paso del tiempo, que todo lo cura, que a todo lo coloca en su sitio. Me acerco y casi estoy a tu altura cuando me doy cuenta de que no eres, de que ella no eres tu.

Y casi mejor. Porque a pesar de todo, del tiempo, del camino recorrido, de los esfuerzos, a pesar de todo, al llegar junto a ella una bola enorme se estrella en mi estómago.

Por eso ya no tengo presentimientos ni aspiro a olvidarte, a olvidarlo. Uno debe acostumbrarse a que hay cosas que no se pueden olvidar, que hay cosas a las que uno nunca se podrá enfrentar.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

POR SI NO LLEGO


 
 
Supongo que es el final del verano, aunque quizás es mi acusado tremendismo y mi tendencia a sumergirme en melancolías y reflexiones, pero tras muchos días de sol el primer día gris es como el telón que corre en el teatro en el entreacto, y nos conduce de un escenario a otro distinto en unos pocos segundos.

Y el tiempo siempre me da que pensar, el tiempo que pasa, que se escapa, que me separa de ese Peter Pan que ya no podré ser. Pero la verdad es que no miró adelante con acritud, con prejuicios ni miedos. Sé que llegará. Y mientras llega, o por si no lo hace, me imagino que será de mí, cómo será mi despedida, o mejor aún, como me gustaría imaginarla. Por si no llego.

POR SI NO LLEGO

Por si no llego y algo me aparta antes, me gustaría imaginar mi último día, el último día de un anciano que se pelea con la puerta corredera de una terraza, mascullando palabras malsonantes, que al final consigue abrirla y se apoya en la barandilla, mirando al mar.

El viejo lleva unos pantalones blancos, ceñidos pero con tantas cosas en los bolsillos que parecen algo grotescos, amorfos. Se protege de la brisa de la mañana con un jersey de esos de entretiempo que nunca te pones porque nunca hay entretiempo, pero que él se ha puesto porque siempre quiso, si tenía la certeza de que el día de hoy iba a ser el último día, irse de este mundo vestido como un dandi, casi lo contrario al pequeño e ingenioso macarra que siempre había llevado escondido.

Miraría en un momento determinado a un lado y al otro, y sacaría a hurtadillas un cigarro, tan rápido que parecería ya encendido, que chuparía con fruición y deleite, rápido, muy rápido, como casi todo lo que hace. Seguramente mordisquearía un caramelo que finalmente se pegaría en su dentadura postiza, y que no serviría de nada, porque ella viene y de lejos ya asevera que el viejo ha fumado. Él la mira y sonríe, y asiente, y se deja regañar, aunque masculla para sus adentros, y se sigue preguntando porqué ella es tan bonita y cómo sigue aquí, en este cuento que es el cuento del final de su historia.



Por si no llego, yo lo que esperaría es que ese anciano vestido como si fuese a pasear palmito por Wimbledon no tuviese que preguntarse más cosas, ni estar preocupado por lo que pasó o por lo que pasará. Me gustaría que el viejo no tuviese cuentas que saldar, nada de lo que responder. Me encantaría que en los silencios y en las pausas no hubiera nada que lo perturbase, que disfrutase de la nada como sí de un todo se tratase, y que el mar sonase a mar, cadencioso, relajante, envolvente.

Por si no llego, el sol sí que llega a esa playa de repente, y el viejo se quita su jersey de entretiempo y debajo aparece su camisa blanca. Cientos de inmaculadas camisas blancas lo han acompañado en su vida, lo han protegido, lo han asegurado, lo han crecido en las adversidades. Son su amuleto, su protección natural. Las llevaban los protagonistas de sus películas preferidas, películas de gente en verbenas de pueblos, que tienen como tesoro más preciado su almidonada camisa de los domingos de misa y baile.

Por último, y por si no llego, tras el sol llegan las gaviotas y tras ellas, tras él, el sonido de unas voces infantiles que se acercan. Entonces saca la caja de metal con el pan cortado en trocitos, y junto a las niñas, pasa la mañana dando de comer a las gaviotas.